La Guerra del Pacifico - Los Héroes Olvidados
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Admin: Borrar Mensaje  julio ponce garcia    numida2008@hotmail.com  20/06/2013 23:45  Fecha
Mensaje entre los años de 1881 a 1883 duro la ocupacion chilena en lima peru., yo quisiera saber ¿ como era la vida de los limeños durante la ocupacion chilena? ¿en que manera influyo la ocupacion chilena en los negocios de los limeños es decir restaurantes, carpinteros, sastres,etc?si los chilenos tenian una lista de todos los negocios que habia en lima o tenian una lista de censo para controlar la poblacion o los negocios que habia en lima.

durante la ocupacion chilena en lima peru, mi antepasado el boliviano benjamin sardon tenia un restaurante y dos casas tiendas., mi otro antepasado manuel castellanos era carpintero, ambos antepasados mios., vivieron en lima durante la ocupacion chilena en lima peru.


si exsiste algunos datos al respecto por favor comuniquese conmigo., a mi email: [email protected], muchas gracias.

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Admin: Borrar Mensaje  julio ponce garcia    numida2008@hotmail.com  20/06/2013 23:44  Fecha
Mensaje mi tio tatarabuelo francisco castellanos olivera peleo en la batalla de tarapaca fue soldado de la segunda compañia del batallon lima numero ocho fue soldado de infanteria, su expediente se encuentra en el archivo historico militar en el segundo piso al frente del museo de arte de lima.

francisco castellanos fallecio el 08 de octubre de 1944 fue enterrado en el cementerio presbitero maestro pero ignoro en que pabellon y nicho le abran puesto., fallecio a los 82 años de edad.


quisiera comunicarme con los desendientes de mi tio tatarabuelo francisco castellanos olivera., por favor me pueden escribir a mi email: [email protected]



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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  13/06/2013 01:07  Fecha
Mensaje Ocupación de Lima: relato del ciudadano colombiano Vicente Holguín

Muy cerca lo he visto, puesto que de Lima a los campos de los últimos combates en La Rinconada (9 de enero), en San Juan y Chorrillos (13 del mismo) y en Miraflores y en otros puntos de la extrema derecha (15 del mismo), la distancia es tal que jefes, oficiales y soldados, cubiertos no de laureles sino de polvo, llegaban a esta ciudad cuando aún se oía los cañones del combate. Como complemento se hizo uso de la moderna y terrible invención de las minas y bombas automáticas, de las que se hallaban sembrados los .contornos de los principales fuertes como San Juan y El Solar.

Estas bombas, ocultas en la tierra, estallaban al sufrir presión y producían el formidable efecto de una mina. El inmediato y costoso descubrimiento que hicieron los chilenos de este medio de defensa no les arredró en las cargas, y a la bayoneta tomaron las alturas. Pero esas funestas bombas estaban destinadas a hacer inmensa la desgracia de los infelices heridos que quedaron en el campo, pues a causa del terror inspirado por las explosiones súbitas que destrozaron hombres y mujeres en busca de sus deudos, nadie se atrevió a recorrer esos parajes en donde los heridos agonizaban al lado de los cadáveres horrorosamente fétidos, que ni perros ni gallinazos fueron a devorar.

Episodio de horror indescriptible han tenido lugar con esos pobres heridos, abandonados con la más fría crueldad a dos leguas de una ciudad populosa, entre cuyos habitantes hubo millares excusados del servicio militar con la insignia de las ambulancias.

Los acontecimientos siguieron un curso rapidísimo. La noche aumentó con sus sombras la ansiedad del día. Las calles de Lima estaban silenciosas; el gas iluminaba una ciudad que parecía abandonada. Algún transeúnte apresurado, algún disperso rezagado o herido levemente, alguna camilla de ambulancia, era lo que de vez en cuando mostraban las calles o plazas silenciosas. Al mirar desde los techos hacia el campamento, el resplandor del incendio de Chorrillos contristaba el espíritu y esas llamas devoradoras de las suntuosas habitaciones de la aristocracia limeña –medida de guerra atroz, pero no inusitada- hubieran mantenido siempre en la memoria de todos un recuerdo execrado del vencedor, si las llamas que se levantaron después en Lima para consumar un crimen sin ejemplo, no hubieran hecho desear en la capital la presencia del mismo vencedor.

El 14 por la mañana la mayor parte de los extranjeros organizados en ambulancias se dirigían al palacio de la Exposición, en donde desde la víspera prestaban importantes servicios a los heridos que llegaban en el ferrocarril. Un movimiento general y un sordo rumor agitaban la multitud ahí reunida cuando el pito anunciaba desde lejos la llegada del tren de Miraflores, y las colonias tomaban sus camillas para recibir a los heridos o salían a buscarlos a los barrios apartados de la ciudad.

El 15 por la mañana, los ánimos presentían algo. Poco después del mediodía oyéronse cañonazos en el campamento. La ansiedad comenzó de nuevo, las carreras se multiplicaron, el temor general se pintaba en los semblantes. Miraflores, centro del combate, dista de Lima apenas dos leguas, razón más para que desde las tres de la tarde fueran numerosos los individuos del Ejército que entraban en la capital. Todos decían estar triunfantes.

El sol del 15 de enero se había hundido en el ocaso y con él la esperanza de cuantos dieron y recibieron abrazos por la prisión de Baquedano. Vino la noche y vinieron con ella los gruesos pelotones dispersos y los catorce batallones de la reserva, cuyos comandantes recibieron la orden de su jefe de Estado Mayor, coronel don Julio Tenand, de concentrarlos en la ciudad y disolverlos, sin haber disparado un solo tiro sobre el enemigo. El coronel Piérola no entró con ellos: era mucho lo que se había ofrecido a la capital y a las tropas y el triste resultado final estaba muy lejos de corresponder a tan pomposas promesas.

De las relaciones sobre los acontecimientos de esa tarde resulta que el inesperado combate se trabó porque los peruanos situados en los reductos de Miraflores violaron el armisticio. El combate apenas duró una hora.

En la mañana del domingo 16 se conocía perfectamente el desastre y se medía su magnitud. El recio y sangriento ataque de Miraflores, embestido por los chilenos furiosos por la inefidencia cometida, fue apenas medianamente sostenido por tres o cuatro batallones de la reserva y algunos restos del cuerpo de línea.

Si los ejércitos peruanos habían desaparecido como el humo de los combates, no así los peligros para la capital que abrigaba en su seno esos ejércitos desbandados, indisciplinados y con armas, y un populacho heterogéneo e híbrido de la peor especie. Para contrarrestar a semejantes elementos existía sólo un alcalde municipal nombrado a última hora; como si dijiéramos, a la grupa del dictador cuando éste trepaba hacia la sierra.

Hubiérase creído, en vista del considerable y variado número de banderas que ondeaban los techos, miradores, balcones, puertas y ventanas, que Lima engalanada se preparaba como en los días de sus frecuentes festivales a entregarse gozosa y aturdida a los placeres que la han enervado. Todas las banderas del mundo comercial flotaban en la capital peruana, menos las de Chile, Bolivia y el Perú... En los hospitales de sangre ondeaba la bandera de la Cruz Roja, y en los de caridad, casas de asilo, orfelinatos y demás establecimientos de beneficencia desplegábanse al viento grandes banderas blancas con una imagen de la Inmaculada Concepción.

El saqueo de tiendas, zapaterías y depósitos empezó muy temprano en algunas calles. En la muy extensa de Malambo, donde abundan negros y mulatos, hubo violencia desde las tres de la tarde; en el centro de la ciudad, desde las 5. Los depósitos de víveres robados fueron muy pocos: de chinos muy pobres, de algunos italianos. Los ricos almacenes de mercaderías asiáticas de las calles de Espaderos, Melchor Malo y Bodegones; algunos establecimientos europeos de ropa hecha y todas las tiendas y casas ricas de préstamos asiáticas de Zavala, Albaquitas Paz-Soldán, Capón, Hoyos, Mercedarias y otras, fueron atacadas en la noche, antes de que las colonias extranjeras pudieran organizarse y prestar importantes servicios que salvaron la capital.

Los ladrones invadían las calles por todas partes y en grupos que vitoreaban al Perú y a Piérola, sin acordarse para nada de los chilenos, se dirigían a las calles escogidas que eran designadas a gritos por la turba. A las 8 de la noche un tiroteo nutridísimo se oía en toda la ciudad. Al principio fueron disparos hechos contra las cerraduras para forzar las puertas, o lanzados en todas direcciones como medio de intimidación. Pero desde las 10 se trabó combate que, en distintas partes, defendían las puertas de sus casas y tiendas desde los techos.

Pero aún no había llegado el momento solemne del incendio con que los malvados apoyaron la perpetración de sus crímenes. Ese pueblo de Lima, tan encomiado por su prensa, “cuyos pechos y cadáveres –decía- formarían una valla infranqueable para el invasor”; esos soldados que habían huido ante el enemigo, entraron a la capital a incendiar, a robar y a asesinar en sus hogares a los más laboriosos e indefensos de sus confiados huéspedes.

Muy laudables fueron los esfuerzos y la abnegación con la que la mayor parte de los extranjeros salvaron Lima. Las bombas francesa, inglesas e italianas, servidas por sus respectivas colonias y apoyadas por las demás, luchaban contra el incendio bajo el fuego de los que huyeron ante los chilenos.

Nada más horroroso que el siniestro cuadro que Lima ofrecía esa noche, y nada más propio para explicar y comprender los problemas de ese pueblo, que de tiempo atrás ha estado ocultando úlceras profundas con las lujosas galas en que ha derrochado sus ingentes riquezas.

Ahí estaba Lima incendiada por sus propios hijos; ahí estaba esa ciudad que hasta la víspera lanzaba a los cuatro vientos el denuesto contra sus enemigos, clamando porque entraran y la salvaran de una destrucción más vilipendiosa que el vencimiento y el perdón.

En la tarde del lunes 17 entraron a Lima los primeros batallones chilenos, que la salvaron ocupándola, y cuya actitud digna, circunspecta y grave, obra de la disciplina y de la contingencia de su fuerza, ha debido ser uno de los más severos castigos inflingidos al Perú por el Supremo Juez de las Naciones.

El ejército de Chile hizo su entrada con una moderación que ponía de manifiesto la disciplina de los soldados y la sensatez de sus jefes, así como sus triunfos habían atestiguado su bien dirigida bravura. Los peruanos, mal de su grado, debieron sentir la superioridad de un enemigo que después de vencerlos les devolvía la seguridad de sus hogares, sin insultarlos siquiera con la risa burlona o la mirada compasiva de los fatuos.

¡Cuán diverso habría sido este cuadro final, si los sucesos de la guerra hubieran abierto las puertas de Santiago a caudillos y periodistas que proclamaban guerra sin tregua ni cuartel, y a batallones como los que, desbandados, incendiaron a Lima.

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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  6/06/2013 22:15  Fecha
Mensaje OTRO RELATO DEL ASALTO Y TOMA DEL MORRO DE ARICA :

Relato del Teniente del 4º de Línea Carlos Aldunate Bascuñan

«Pertenecía a la 1ª del 1º; mi capitán La Barrera era todo un valiente; Ricardo Gormaz, veterano del 4º, ejercía de teniente; como subteniente de mi compañía, y en orden de antigüedad, servíamos el Maucho Meza, yo y Julio Paciente de La Sotta. Esa mañana teníamos 93 hombres, de capitán a tambor; la jornada había sido muy dura, muy cruda; nosotros perdimos ahí diez o doce hombres muertos, y los heridos de la 1ª alcanzaron a 22. De la Sotta y Meza quedaron como arneros. Sólo mi capitán, Ricardo Gormaz, y yo, estábamos ilesos.

Nuestras clases habían peleado bien; el 1º Jara y los sargentos Domingo Sepúlveda, Juan Francisco García, todos se habían conducido admirablemente.

Mi comandante San Martín cayó cerca del Morro, al salir del último bajo; la tropa lo supo, y los polvorazos, minas o la muerte de mi comandante, se decía que había perecido, enfurecieron a todo el mundo.

En estas circunstancias, después de 45 ó 50 minutos de pelea, llegamos al centro de la Plaza del Morro; me acompañaban cuatro o cinco soldados y un sargento; a mi retaguardia corría todo el regimiento.

No en el mismo centro, un poco cerca de las piezas que daban al mar estaba Bolognesi, don Juan Guillermo Moore, vestido de paisano; Espinosa, chiquito, y otros jefes peruanos más.

La tropa, obediente a mi voz, se detuvo y rodeó a los comandantes enemigos.

Bolognesi se dirigió a mí y me dijo:

-Estoy rendido; no me mate, que estoy herido; ¡soy un pobre viejo cargado de hijos!

En el acto contesté:

-Los oficiales chilenos no matan a los heridos ni a los prisioneros.

Bolognesi, en señal de rendición, gritó a los suyos:

-¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego!

Sobre la marcha, recibí de manos del coronel don Francisco Bolognesi, su espada, y del capitán Espinosa, la suya.

Esas armas las poseen hoy, don Juan Miguel Dávila Baeza, la de Bolognesi y la familia de mi capitán don José Losedano Fuenzalida, la de Espinosa.

Don Juan Guillermo Moore, Bolognesi y Espinosa, fueron inmediatamente puestos bajo custodia, para librarlos de la furia de los soldados que no querían dar cuartel.

Yo continué mi camino, acompañado por mi sargento Briones y tropa de mi compañía, y en demanda de otra situación.

Por desgracia, habiendo cesado el fuego y dándose por todos la orden de no continuarlo, y estando rendido aquel poderoso reducto, un infeliz soldado, dicen algunos, ¡jamás se sabrá quien fue, creo yo, hizo reventar uno de los grandes cañones de la batería del mar!

Esa felonía volvió loco a todo el mundo, y a nadie se perdonó entonces la vida.

Más tarde pude ver juntos los cadáveres de Bolognesi, Moore y otros que no recuerdo. Bolognesi tenía roto, destapado el cráneo de un culatazo.

La tropa, furiosa, los mató estando rendidos».

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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  6/06/2013 22:10  Fecha
Mensaje Relato del Capitán del 4º de Línea don Ricardo Silva Arriagada

Mandaba la 4ª del 2º don Ricardo Silva Arriagada. Mi compañía contaba los mejores cazadores del antiguo 4º

Tenía muy buenos oficiales; se me honró dándome la descubierta en el ataque. Sobre nuestra izquierda, a tomar el Este, marchó el 1er. batallón; a nosotros, los del 2º, nos enviaron a los fuertes de la costa, a los de La Lisera; eran cuatro, con cinco trincheras, foseadas en forma de media luna.

Partimos oblicuando sobre la izquierda, con esta en cabeza, en movimiento envolvente; el ataque fue rapidísimo; no hicimos fuego sino cuando ya estábamos encima; todo el 2º batallón, ciego y con rapidez asombrosa, tomamos todos los fuertes de la playa y llegamos al recinto mismo del Morro; sentimos el toque de «¡Alto el fuego!»

Nos detuvimos un momento, y como hubieran muchas bajas, de acuerdo todos seguimos el asalto y penetramos a la gran plazuela, y me dirigí a un fuerte cuadrado y con rieles que había en el medio.

Cuando llegué al mástil, que enarbolaba la insignia peruana con varios de sus soldados, nadie, de nuestro ejército, se había adelantado a mí.

Más tarde pude ver los cadáveres de Bolognesi, Moore y Ugarte. Todos decían que después de haberse rendido vulgarmente, la tropa los había ultimado a culatazos, porque, con felonía, estando rendida la plaza, le dieron fuego a los cañones, reventándolos.

El cadáver de Alfonso Ugarte se encontraba en una casucha ubicada cerca del mástil, al lado del mar, mirando hacia el pueblo; en ese lugar, las rabonas del Morro cocinaban el rancho; y ahí, esas pobres mujeres, tenían oculto el cadáver de Alfonso Ugarte; era un hombre chico, moreno, el rostro picado de viruelas, los dientes muy orificados, de bigote negro.

Aquellas mujeres tenían profundo cariño por Ugarte, y para guardar su cadáver, lo habían vestido con un uniforme quitado a un muerto chileno.

Pude saber que era el coronel Ugarte, porque el doctor boliviano Quint cuando lo vio, exclamó:

-¡Pobre coronel Ugarte; no hace mucho, lo he visto vivo!

Más tarde se dio la orden de arrojar al mar todos los cadáveres; sin duda que botaron también el de Alfonso Ugarte, porque no se pudo encontrar.

En ese mismo día, ofreció su familia 5.000 soles plata por los restos del coronel; se buscaron mucho; di noticias, detallé lo ocurrido, pero nada se descubrió.

Esto ocurrió largo rato después de rendida la plaza.

Iba a descender al plan por un senderito que vecino al mástil se encontraba, cuando varios jefes peruanos subían a la altura; uno de ellos me dijo:

-¡Sálvenos, señor; estamos rendidos!

Eran los señores comandantes don Manuel C. de La Torre, don Roque Sáenz Peña y el mayor don Francisco Chocano, que arrancando de la furia de los soldados chilenos, se rendían a discreción.

La Torre me entregó su revólver; don Roque Sáenz Peña estaba herido en el brazo derecho. En el acto tomé las medidas del caso para salvarlos.

La tropa que venía atacándolos, continuo disparando; mandé hacer «¡Alto el fuego!», y sólo haciendo esfuerzos soberanos, pude mantener a nuestros hombres.

-ENTRÉGUENOS LOS JEFES CHOLOS, PARA MATARLOS, MI CAPITÁN -gritaban y vociferaban todos a la vez.

La Torre y Chocano pedían a gritos perdón; Sáenz Peña se mostró tranquilo, sereno, imperturbable; si hubo miedo, en don Roque, no lo demostró; aquello resaltó más y se grabó mejor en mi memoria, por cuanto los dos prisioneros peruanos clamaban ridículamente por sus vidas.

Cierto que el trance fue duro, apurado, y él subió de punto cuando al pasar cerca de una de las piezas del Morro, reventó ésta, en circunstancias que, revólver y espada en mano, defendía a mis prisioneros.

La explosión fue tremenda; la muñonera del cañón, por poco no mata a uno de ellos; la tropa, ciega, se vino encima gritando:

-ENTRÉGUENOS LOS CHOLOS TRAIDORES, MI CAPITÁN».

El comandante La Torre agrega:

-Nosotros no somos culpables; esas piezas, posiblemente, tenían mechas de tiempo; no nos maten; nada sabemos; no tenemos participación.

Chocano une sus súplicas a La Torre, y al fin consigo salvarlos. Don Roque Sáenz Peña, mudo, no habla, no despliega sus labios; pálido se aguanta, ¡y se aguanta!

En esos momentos, varios soldados persiguen a tiros a unos infelices, y éstos se precipitan por una puerta que existe en el suelo, nuestros hombres llegan y hacen fuego. La Torre y Chocano, que ven aquello, gritan:

-Por Dios, no hagan fuego; ésa es la Santa Bárbara del Morro, la mina grande; hay más de 150 quintales de dinamita; está llena de pólvora y balas; ¡va a estallar!

La tropa se detiene, y ante la declaración de La Torre, que es el jefe de Estado Mayor enemigo, comprende la suprema necesidad de salvar a esos prisioneros, y se tranquiliza.

Las geremiadas de los prisioneros peruanos continúan, y solícitos a todo, dan muestras de miedo, pero de mucho miedo.

Don Roque Sáenz Peña sigue tranquilo, impasible; alguien me dice que es argentino; me fijo entonces más en él; es alto, lleva bigote y barba puntudita; su porte no es muy marcial, porque es algo gibado; representa unos 32 años; viste levita azul negra, como de marino; el cinturón, los tiros del sable, que no tiene, encima del levita; pantalón borlón, de color un poco gris; botas granaderas y gorra, que mantiene militarmente.

A primera vista se nota al hombre culto, de mundo.

Más tarde entrego mis prisioneros a la Superioridad Militar, que los deposita, primero en la Aduana, y después los embarcan en el Itata.

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Admin: Borrar Mensaje  José Bustamante Mora    jose.bustamante.mora@gmail.com http://La guerra del pacifico  27/05/2013 21:58  Fecha
Mensaje Interesante página en la que se entregan antecedentes de los que fue la guerra del pacifico, muestra del material grafico y los participantes de todos los bandos involucrados, ojala se siga entregando este tipo de información que muy bien le hace sobre todo a los jovenes que de ésto nada saben

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Admin: Borrar Mensaje  Ruben Casanova Arriagada    rubencasanova@gmail.com  22/05/2013 22:35  Fecha
Mensaje Excelente pagina, nostalgica para los que hemos vivido en el norte, y apreciamos tan vibrante epoca de la Guerra del Pacifico...
Mi respeto y muchas felicitaciones
Ruben Casanova A

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Admin: Borrar Mensaje  pedro baez pincheira    mensajeria@.cl http://----------------------------------------------  22/05/2013 18:42  Fecha
Mensaje FELIZ DE SABER QUE MIS APELLIDOS FORMEN PARTE DEL PASADO DE ESTA NACION ,DE UN LADO U OTRO .. FELICITACIONES POR LA NUEVA INFORMACION QUE NOS BRINDAN,,SALUDOS CORDIALES.

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Admin: Borrar Mensaje  Nelson Olivares Sánchez    nelsonolivares@hotmail.com  21/05/2013 17:27  Fecha
Mensaje Felicitaciones por tan admirable y magno trabajo.
Saludos respetuosos y fraternales.


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Admin: Borrar Mensaje  verónica cecilia retamales araya    veronicacecilia.-ra@hotmail.cl  19/05/2013 16:35  Fecha
Mensaje Buenos dias... ayer fui al museo junto a mi pololo por el dia de los museos y fue la primera vez que nos presentabamos ahi y lo encontramos muy bonito y presentable y a la vez limpiesito muy buenas reseñas todo bien escrito y la atencion fue buena la gente que estaba ahi para preguntar ellos sin ningun problema respondia 100% disponibilidad felicitaciones Saludos !!

pd: yo soy de iquique y mi pololo de stgo !

Adios
18-05-2013

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Admin: Borrar Mensaje  julio enrique luengo bustos    accaraudio@live.com http://www.accaraudio.cl  13/05/2013 20:57  Fecha
Mensaje Excelente pagina! La guerra del pacifico me apasiona mucho!!!. he recorrido algunas partes donde mis compatriotas lucharon por nuestra patria y fue muy emocionante conocer en persona el campo de la alianza en tacna!. saber que chile estuvo en lima me llena de ganas de seguir aprendiendo sobre esto, Ademas de que muchos familiares apoyaran tanto la llegada de los regimientos al comienzo de la guerra siendo un abuelo de mi abuela alcalde de caldera y y el padre de mi abuela haber peleado en el 3° de linea. muchas gracias por esta maravillosa pagina y mucha suerte....

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Admin: Borrar Mensaje  Ingrid Dìaz    ingriddiazch@gmail.com  18/04/2013 04:44  Fecha
Mensaje Hola: sòlo pasaba por aquì para decirte que el tema de La Guerra del Pacìfico me ha llegado a apasionar tanto que tu pàgina me emociona. Te felicito por ayudarnos a no olvidar nuestro glorioso pasado. Un gran abrazo desde Valparaìso!!

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Admin: Borrar Mensaje  LUIS ALBERTO RIOS    luisrios909@hotmail.com  12/04/2013 12:35  Fecha
Mensaje siempre he sido un gran admirador de su pagina web y del ejercito chileno

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Admin: Borrar Mensaje  EDWIN ADRIAZOLA    eadriazola@yahoo.com http://www.eadriazola.blogspot.com  10/04/2013 13:25  Fecha
Mensaje Hola
He tenido dificultades para utililzar el correo que consignas (mpelayog@gmail)
Soy docente de Ciencias Sociales (Historia, Geogbrafía, Economía) de un colegio particular y desarrollo temas de Historia local com afición. Acabo de ver el blog "LOS HEROES OLVIDADOS" y noto un gran aprecio por los que fueron, ademas de la seriedad y conocimiento del trabajo.
He desarrollado el mismo tema relacionado con el puerto de Ilo, administro un blog (www.eadriazola.glopspot.com) y he publicado algunos libros. En la actualidad estoy terminando un trabajo sobre la historia local y me he encontrado dentro del tema de la Guerra del Pacifico con un pasaje que aqui llaman de "Los quinteados": un grupo de ileños fueron fusilados en febrero o marzo de 1880. Lamentablente no he encotrado datos sobre el tema y todo es versión oral. Tu que has investigado el tema de la Guerra del Pacífico, conoces algo de esto sobre la ocupación chilena de Ilo o de Moquegua?
Te agradecería mucho el tiempo que le dedique a esta consulta.
Un abrazo

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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  21/03/2013 20:35  Fecha
Mensaje 14 de Marzo 1883: Combate de Puruguay.

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