La Guerra del Pacifico - Los Héroes Olvidados
Firmar Recargar Ayuda Volver
Conectado desde 54.205.36.165 ( 54.205.36.165 )
Sesiones activas en este libro: 2
Ordenado por:    


Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  10/02/2014 23:25  Fecha
Mensaje Febrero 1883: Una compañía del Lautaro se enfrenta en Ungará al sur de Lima a guerrilleros locales, los chilenos son apoyados por un escuadrón de Granaderos y mantienen su posición.

Host: 200.83.227.50


Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  10/02/2014 23:23  Fecha
Mensaje 01 de Febrero 1882: Tomó el mando de las fuerzas chilenas el coronel Estanislao del Canto, comandante del Regimiento Segundo de Línea, mientras las tropas peruanas se reorganizaban para derrotar a la División del Centro, que ya se encontraba en las orillas del río Mantaro, lugar elegido por el general Del Canto como sede del cuartel general. Del Canto divide en 2 grupos a sus fuerzas y la división chilena ocupa Jauja.

05 de Febrero 1882: Primer Combate de Pucará: Cáceres pasa por Tarma y Jauja y ocurre el Primer Combate de Pucará con las fuerzas chilenas al mando de Del Canto. Cáceres continúa su marcha ocupando Izcuchaca, Acostambo, Huancavelica, Acobamba.
06 de Febrero 1882: Del Canto regresa a Huancayo, dejando fuerzas en La Oroya y Junín.
18 de Febrero 1882: Una tempestad en Julcamarca diezma las tropas de Cáceres quedando con 368 soldados.
22 de Febrero 1882: En el Combate de Acuchimay, Cáceres vence a las fuerzas rebeldes del coronel Arnaldo Panizo que contaba con 1.500 hombres, tomando sus tropas. Luego de este suceso Cáceres ingresa a Ayacucho.

Host: 200.83.227.50


Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  10/02/2014 23:02  Fecha
Mensaje 02 de Febrero 1880: Zarpa desde Europa el vapor "Kielder Castle" llevando 1 torpedero, una batería de 4 cañones Armstrong de Campaña, 4 piezas Armstrong Navales, 2 cañones Navales de 13 toneladas, 800 Comblaim, 4 piezas Krupp de Costa de 210 mm.
04 de Febrero 1880: De conformidad con lo dispuesto por el Gobierno el 6 de Enero, se reorganiza el Ejército que debe expedicionar al valle de Moquegua, para operar sobre Tacna, dividiéndolo en 4 divisiones y se les nombra Jefes a los Coroneles Amengual, Muñoz, Amunátegui y Barbosa.
24 de Febrero 1880: Tropas chilenas inician la campaña de Tacna ocupando Ilo y Pacocha. Iniciado el desembarco, el regimiento "Esmeralda" lo hizo por la Caleta de los Hermanos y la artillería de marina por Caleta Inglesa, sin tener oposición de parte de las fuerzas peruanas.
25 de Febrero 1880: Se conocen en Moquegua las primeras noticias del desembarco chileno, es enviada a Conde la Columna de "Gendarmería".
26 de Febrero 1880: A las 6 de la mañana el Comandante Cornejo informa haberse retirado a Hospicio con sus 18 soldados de la Guarnición de Pacocha.

27 de Febrero 1880: Combate Naval de Arica: Lo cierto es que más que un combate, se trata de tres acciones que ocurrieron el día 27 de febrero de 1880.. En el muere el comandante del Huáscar Manuel Thompson.
28 de Febrero 1880: Tropas chilenas ocupan la estación de Conde.
29 de Febrero 1880: Arica comienza a ser bombardeado por la Armada Chilena.

Host: 200.83.227.50


Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  10/02/2014 23:00  Fecha
Mensaje 14 de Febrero 1879:

Se inició la Guerra del Pacífico con la toma de Antofagasta -que en ese tiempo era una ciudad boliviana-, por el ejército chileno, se inició la Guerra del Pacífico (1879-1883). Este conflicto bélico, que enfrentó a Chile con Perú y Bolivia, se debió a problemas territoriales y al interés por controlar la producción del salitre -nitrato usado como fertilizante y para la fabricación de pólvora-, que era un muy buen negocio en esa época. Como Bolivia procurara apropiarse de las salitreras de Antofagasta, el Gobierno chileno ordena ocupar esa plaza. Las tropas chilenas ocupan Antofagasta: Desembarcan dos Compañías, 1 de Artillería y 1 de Artillería de marina (198 hombres) las que bajo el mando del Coronel Emilio Sotomayor y ocupan la ciudad. A partir de ese momento Antofagasta queda en poder de Chile.
16 de Febrero 1879:
Ocupación de Caracoles. Un destacamento de 70 hombres de la Artillería de Marina, al mando del Capitán Francisco Carvallo, ocupa Caracoles.

18 de Febrero 1879: Zarpa el "Rimac" desde Valparaíso llevando al 2º de Línea.
22 de Febrero 1879: Llega a Antofagasta el Batallón 2º de Línea (400 hombres), mandado por el Teniente Coronel Eleuterio Ramírez.
23 de Febrero 1879: Zarpa desde Valparaíso el "Limarí", llevando a bordo el batallón 3º de Línea.
23 de Febrero 1879: Llega a Antofagasta un destacamento de 48 hombres para instalar líneas telegráficas.
26 de Febrero 1879: Llegan a Antofagasta la Compañía de cazadores del batallón 4º de Línea, 1 escuadrón de Cazadores a Caballo y un destacamento de Policía (334 hombres).
26 de Febrero 1879: Daza da a conocer al pueblo de La Paz la invasión Chilena. Daza decreta la patria en peligro, a la vez que amnistía a los presos políticos.
27 de Febrero 1879: Llega a Antofagasta el batallón 3º de Línea (461 hombres), mandados por el teniente Coronel Ricardo Castro.
27 de Febrero 1879: Daza lanza su famosa proclama del "Corvo".
28 de Febrero 1879: Bolivia arbitra sus primeras medidas de movilización, reorganizando la Guardia Nacional, se forman dos tipos de unidades, la Activas y la Pasivas. En la Guardia Nacional Activa deben militar todos los hombres, solteros o viudos de entre 16 y 40 años, mientras en la Guardia Nacional Pasiva militarán los hombres comprendidos entre las edades señaladas casados y los mayores de 40 años. De esta forma la Guardia Nacional Activa queda formada por 27 Batallones de Infantería, 3 Regimientos y 8 Escuadrones de Caballería y 1 Batallón de Infantería.
28 de Febrero 1879: Se nombra Inspector General del Ejército Boliviano al General de División Carlos de Villegas.

Host: 200.83.227.50


Admin: Borrar Mensaje  charlie brown    inglachil@gmail.com  9/02/2014 16:38  Fecha
Mensaje emocionante ver y saber que hay personas como uds. que re-unen nuestra historia . me emocionaron sus contenidos y fotos, gracias por transportarme al pasado y acariciar nuestro querido Chile.

Host: 186.103.251.115


Admin: Borrar Mensaje  ignacio    chicovaldes7@gmail.com  29/01/2014 15:37  Fecha
Mensaje Que increíble poder leer cartas y relatos de soldados y oficiales que vivieron en carne propia el conflicto bélico entre Chile y Perú.

Por eso ahora Perú quiere enfrentarse quizas, demostrar que ya no son gente sin diciplina. Pero lo sucedido ya escribió una hoja en la historia, de hecho Chile le devolvió gran parte de sus tierras a Perú.

Host: 190.121.23.210


Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  24/01/2014 23:03  Fecha
Mensaje CARTA DE ABRAHAM QUIROZ A SU PADRE

Tacna, junio 14 de 1880.

Señor Luciano Quiroz.

Apreciado padre: Recibí su muy apreciable suya de fecha 12 del pasado, en que tuve el mayor gusto saber de Ud. que se encuentra bueno, como igualmente mis hermanos. Yo por acá quedo bueno.
Ite, el 23 del pasado.

El objeto de ésta es narrarle lo acontecido después de mi última carta fecha de Ite, el 23 del pasado.

Por la mañana, llegaba a esa caleta el Jefe del Estado Mayor General acompañando los restos del señor Sotomayor. Inmediatamente nos alistamos para marchar a las dos de la tarde. En efecto, como a esa hora dejamos la caleta para reunirnos a la vanguardia. Anduvimos toda la noche y al otro día 24 como a las dos de la tarde, llegamos a Yara, habiendo recorrido una extensión como de 13 a 14 leguas. Al otro día 25, estábamos de nuevo listos para partir a combatir a Tacna. Desde por la mañana comenzaron a desfilar los Cuerpos de la vanguardia y con ellos también nosotros. Quedan de reserva el “Buin”, el 3º, el 4º y el “Bulnes”, y otros Cuerpos más, así es que daba gusto mirar para atrás o para adelante el lindo espectáculo de nuestras tropas y en especial la Artillería y Caballería desplegando al viento sus banderas. Al subir un cerro, se divisó una avanzada enemiga pero huyó. En la noche, nos perdimos y por casualidad dimos con el camino.

Y llegando donde estaban los Cuerpos que venían adelante, nos encontramos a una distancia de legua y media a dos, y nos acostamos a dormir. Al otro día, el trueno del cañón nos despertó. Luego se tocó diana con música y los vivas atronaron los aires; después nos pusimos en marcha tocándonos a nosotros el ala izquierda.

El fuego del cañón continuaba dispersando las avanzadas enemigas.

Como a las once y cuarto de la mañana, se rompió el fuego de fusilería por el ala derecha y un viva atronador se sintió, prolongándose por mucho rato.

El fuego era tan nutrido que más bien parecía redoble de tambores.

Fueron entrando en combate como por la conversión a la derecha Cuerpo por Cuerpo, hasta que nos tocó el turno. Apenas se rompió el fuego la guerrilla en que yo iba, que estaba en este momento a retaguardia del Batallón, nos corrimos a la izquierda para tomar el ala de éste, cuando cayó una granada como a distancia de 20 pasos.

Casualmente, no hizo daño ninguno y desde este momento se tupió el fuego. La derecha de los cholos nos sobrepasó y como a la media hora entró por la izquierda de nosotros el 2º batallón “Lautaro”, o si no los cholos nos habían tomado entre dos fuegos. Los cholos venían avanzando, pero luego cuando nosotros avanzamos, comenzaron a hacer fuego en retirada y ya nos encontrábamos bajo las baterías del
fuerte que estaba armado de 6 cañones y ametralladoras. Los cañones eran Krupp de montaña, y el fuerte estaba hecho de sacos de arena. La primera fila de abajo era de sacos, disminuyendo para arriba.

Por eso nuestros cañones ni los movían, no había siquiera señas de hacerles algo. Cuando nos acercamos los cholos arrancaron como cuando salen ratones de las cuevas. Entonces fue cuando cayeron más y ahí se tomaron doce bandpas, y en seguida pasada una lomita, una batería de artillería, hizo unos cuantos disparos a las guerrillas que volaban y a los leones que se iban escondiendo. En la tarde bajamos al valle, pero no entramos adentro de la población. En estos días se supo la toma de Arica.

Los muertos a mi cálculo serán como de 5.000 de ambas partes. En mi Compañia no ha muerto ninguno, pero han salido como 15 heridos, entre ellos Emilio Ramírez.

En este momento recibo otra carta y su contenido me hace creer que Ud. no sabe si nosotros hemos peleado.

Sin más que esto, quedo de Ud., su hijo.

ABRAHAM QUIROZ

Me parece que dentro de poco estaremos en nuestra querida patria. Me olvidaba decirle que la batalla fue el día 26 de mayo y concluyó a la una tres cuartos. Siempre tendré un recuerdo para los días que hemos pasado en Tacna, comiendo camotes cocidos asados en charquicán, puchero y toda clase de comidas con camotes con todo el Ejército. Los hemos acabados y ya no quedan frutas. Sólo quedan Guallabas.

Host: 200.83.227.50


Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  24/01/2014 22:48  Fecha
Mensaje CARTA DE ABRAHAM QUIROZ A SU PADRE.

Nº 2. San Bernardo, septiembre 3 de 1879.

Señor Don Luciano Quiroz.
Quillota.

Apreciado padre: Deseo que al recibo de ésta se encuentre gozando de una completa felicidad Ud. y mis hermanos; yo por acá quedo como siempre bueno, sólo con el deseo de verlo.

El objeto de ésta, mi padre, es saber de Ud. y de mis hermanos, yo no tengo esperanza de salir, porque muy luego vamos a partir al Norte.

Estamos esperando de un momento a otro, y hoy casualmente íbamos a partir. Ahora ya no se sabe cuándo.

Mesada no he querido dejarle. El motivo es que una vez estando en el Norte no la dan en el primer mes, porque dicen que uno ha muerto. Lo que mejor he pensado, es mandarle de allá un giro postal. Por eso, quiero que siempre me anuncie adonde se encuentra. Ahora, por lo presente, no puedo mandarle nada. El sueldo es muy poco y lo he empleado todo en ropa. Temor de morir no tengo por defender la
honra de nuestra querida Patria. A más de esto, estamos confesados y comulgados.

Aquí no lo paso mal; lo único es que no nos dan puerta franca.

Tenemos el estandarte de colores nacionales. Es lo mismo que la bandera nuestra, con la diferencia de que en lugar de estrella tiene un hermoso escudo y arriba con la inscripción en letras de oro, tiene “Dios y Patria” y abajo “Cazadores del Desierto”.

Sin más que esto de Ud. su hijo, ABRAHAM QUIROZ

Muchas expresiones a todos mis parientes y demas conocidos, principalmente mi primo Pascual, que tengo muchas ganas de verlos.

Host: 200.83.227.50


Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  24/01/2014 22:08  Fecha
Mensaje CARTA DE ABRAHAM QUIROZ A SU PADRE.

Señor Luciano Quiroz.

Mi apreciado padre: Me alegraré que al recibo de ésta Ud. se encuentre gozando de una completa salud; e igualmente mis hermanos y primos, yo por acá quedo bueno, a sus órdenes.

El objeto de ésta es decirle lo siguiente: hemos recibido dos cartas y en el contenido de ella nos echa una represión porque nos hemos venido a servir a la Patria, que es el deber más sagrado de servir al país donde uno ha nacido y por lo tanto Ud. no se debía afligir, porque les estamos sirviendo a la Patria; desde que me vine de mi casa no he tenido nunca pensamientos de volver por donde he venido, porque sería una deshonra.

Estamos de partida, pero no sabemos si esta noche, mañana o pasado y así hágame el favor de venir a la estación; con eso les digo adiós, porque nosotros vamos seguramente a morir. Reina mucho entusiasmo entre la tropa; nadie ha titubeado abandonar al Coronel Barbosa porque es un hombre valiente y pocos hay en Chile como el Coronel que tenemos.

Sin más que esto, quedo de Ud. atento y seguro servidor.

Abraham Quiroz

Me olvidaba decirle que Ud. pone en su carta que aquí se padece mucho. No es cierto. El soldado que entra a servir a su patria no debe pensar en lo que se padece, porque aquí no hay favores. Se levanta a las cinco de la mañana, a las diez almuerzo, a las 4 se come y se acuesta a las 7 y media de la noche. Todos se hacen a estas costumbres.

Host: 200.83.227.50


Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  24/01/2014 21:49  Fecha
Mensaje RELATO DE HIPOLITO GUTIERREZ EN LA BATALLA DE MIRAFLORES, SOBRE LOS PERUANOS

“ [lo que nos] hicieron estos cholos traicioneros del andar pidiendo las paces para pillarlos descuidados y mi ge (ne) ral que se confió tanto, pero como los chilenos que somos andamos a la buena si peliamos peliamos a pecho descubierto, no como estos traicioneros y maricones cholos que no andan no más que con traiciones (…) pero de nada les sirve, todo es en vano, para el chileno todo se abarraja y todo se desarma porque no hay temor ni se vuelve las espaldas, ¡viva Chile!

Host: 200.83.227.50


Admin: Borrar Mensaje  Manuel Hargous Middleton    mhargous@gmail.com  24/01/2014 20:29  Fecha
Mensaje Gracias, un gran aporte para nuestros hijos

Host: 200.120.225.99


Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  23/01/2014 23:59  Fecha
Mensaje ENTRADA A LIMA RELATO DEL TENIENTE ARTURO BENAVIDES SANTOS DEL REGIMIENTO LAUTARO

Cuando clareó el día siguiente nos dimos cuenta que habíamos pasado la noche en el vivac de un regimiento peruano y que en él se había organiza- do la defensa, pues estaba sembrado de cadáveres
de hombres y caballos, y había desparramadas muchas armas y equipo y hasta unos fondos con restos de comida. Se conocía que los habían llevado para repartirla en los mismos atrincheramientos.
Se pasó lista y sin más desayuno que los pocos restos de provisiones que todavía algunos conservaban, el regimiento tomó la formación unida y desfiló a un sitio que se le había designado para vivaquear como a dos kilómetros de distancia.
Al llegar, se formaron pabellones y todos se entregaron a la tarea de procurarse algo que comer.
En pocos momentos el vivac tomó gran animación. Mientras unos salían en busca de leña, agua o comestibles, otros hacían fuego y calentaban agua en los jarros y platos de las caramañolas.
Un momento después llegaron los fondos del rancho y luego un hermoso buey, que inmediatamente fue sacrificado.
Los asistentes discutían con los rancheros para que se les diera pronto la ración en crudo de los oficiales a quienes servían, y solicitaban las malayas, riñones u otras sabrosas partes, a fin de presentarles lo mejor.

Luego comenzó a sentirse el apetitoso olor a carne asada. . . Con gran algaraza se celebró la llegada de galletas de las que se dan a los marineros a bordo, y acudieron presurosos los sargentos de semana a recibir la parte que correspondía a sus compañías, efectuando inmediatamente el reparto. Toda la mañana fue libre para que cada cual
hiciera lo que le pareciera, sin más limitación que no separarse mucho de la parte del vivac que correspondía al regimiento. Si yo tuviera dotes de escritor realista, de cuya carencia ya antes me he lamentado, podría trazar el cuadro que presentaba mi regimiento ese día, sin omitir ningún detalle; pues no obstante el tiempo transcurrido, jmás de cuarenta años!, los recuerdo perfectamente. Cerrando los ojos y haciendo un pequeño esfuerzo mental, me parece que veo como en un cuadro todo lo que entonces ví, percibiendo hasta los detalles más insignificantes. Si me parece divisar los grupos de oficiales tendidos, recostándose unos en otros, y a los asistentes que llegan hasta ellos llevándoles trozos de asado, galletas, agua o café.
Y veo también grupos de soldados, alrededor del fuego, esperando la cocción de algo que tienen sobre él, otros limpian sus rifles, o se asean o lavan pañuelos, calcetines u otras prendas; o mientras componen y limpian el dorman procurando que los botones resplandezcan, o los afirman, y hasta veo a algunos en calzoncillos afanados componiendo sus pantalones.. . Y reconozco rostros, y veo la alegría reflejada en los semblantes y me parece oír los dicharachos de algunos y las bromas que otros se hacían que incitaban a los oyentes a prorrumpir en alegres risotadas.
Y diviso también a algunos oficiales, retirados y muy serios, que están escribiendo afirmando el papel en un tambor, o en el revés del plato de la caramañola

Y a “Lautaro”, corriendo de un grupo a otro, alegre y retozón, moviendo el rabo y restregándose con los que lo acarician.. . i Ah!. . . Si yo supiera describir el campamento del Lautaro el día siguiente de Miraflores, estoy seguro que deleitaría a los lectores. ¡Tan bello era su aspecto!. . . iY si pudiera hacer que se compenetraran de los sentimientos de los oficiales y tropa, afirmo que no habría ningún lector chileno que no se enorgulleciera de serlo!. . .
Al día siguiente o subsiguiente, mi asistente me anunció que había encontrado un caballo, que puso a mi disposición. El que traía de Lurín se había per dido durante la batalla de Chorrillos.
Mi asistente tenía un tino admirable para procurarse todo lo que deseaba y en esa ocasión, con sonrisa socarrona, me anunció que estaba en tratos para adquirir una silla.
¿Que robaba? No.
En las inmediaciones había muchos caballos dispersos del ejército peruano, y en los primeros días después de las batallas los jefes toleraban que se apropiarán de ellos quienes los encontraban.
Ya sabíamos que una división había entrado a Lima y que el pabellón chileno flameaba en el palacio de los Virreyes; y esperábamos impacientes que nos correspondiera entrar a nosotros.
Por fin a los tres o cuatro días se leyó la ‘orden anunciando que a la mañana siguiente la brigada a la que pertenecía mi regimiento efectuaría su entrada en la ciudad.
A partir de ese momento no hubo nadie que no se preocupara de limpiar y componer lo mejor posible su uniforme.
Me encontraba ocupado con mi asistente en tan delicada tarea cuando el coronel Barboza, que se había acercado sin yo notarlo, me saludó diciendo: “¿Cómo está mi ayudante?”. La sorpresa y alegría que me produjo la salutación casi me hicieron brincar, pero repuesto contesté el afectuoso saludo.
Con la seriedad que lo caracterizaba me dijo: “Como creo que le gustará entrar a Lima a caballo y he visto que tiene uno, lo he pedido al comandante Robles como ayudante”. Lo hubiera abrazado... y besado.. y estrujado...
Cuando se retiró fui con mi asistente a ver el caballo y la montura. . .
i Eran muy mediocres!. . . Hubiera dado todos mis sueldos insolutos por
un bonito caballo y una buena montura. Y le rogaba a mi asistente que limpiara y tusara bien el que tenía y que acomodara la fea silla de que me había provisto. Pero otro caballo y otra silla me obsesionaban.
Si pidiera prestado, me decía, uno que fuera bonito, mi entrada a Lima sería el mayor goce de mi vida. Y cavilaba discurriendo a quién dirigirme.
Si me atreviera, pensaba, a pedirle al mismo coronel uno de los suyos.. . Al principio me pareció poco menos que desacato o insolencia intentarlo; pero revolví la idea y por fin me decidí. Y yendo donde él estaba y atropellando las palabras le dije: “Mi coronel, mi caballo es muy feo y mi silla es de paisano, y todos en Lima van a criticar a S. S. por llevar un ayudante tan mal presentado; présteme unos de sus caballos y su silla de campaña”. . . Me miró un momento como sorprendido de mi audacia, y me respondió: “Parece que no está contento; si no le agrada entrar como mi ayudante puede hacerlo con su compañía”.
“No, mi coronel, le repliqué, tengo tanto gusto que le aseguro será el mayor placer de mi vida, y siempre le estaré muy agradecido por haberme designado.. . es que mi caballo. ..”.
“Bueno, bueno”, me interrumpió sonriendo; “su caballo es feo y su silla mala, y en el caballo y silla de su coronel se verá muy bien, jno es eso?
bueno, diga a mi asistente que le aliste el bayo”. Mucho le agradecí el placer y honor que me proporcionaba, y la gratitud que por él sentía desde que me salvó la vida se acrecentó entonces; y a medida que los años han ido pasando se ha transformado en veneración.
Aunque milité el 91 en bando contrario al suyo, las lágrimas que vertí cuando supe su trágico fin nacieron del fondo de mi corazón; y cuando trasladaron sus restos al mausoleo del ejército hace pocos años, solicité el honor de usar de la palabra, para rendirle homenaje de veneración y amor, pero no me fue concedido.
A la mañana siguiente después del rancho la brigada formó para entrar en Lima.
Yo no cabía en mí de gozo y cuando subí a caballo y me puse a las órdenes del coronel Barboza, que ya también montaba el suyo, debo haber estado irradiando satisfacción.
Sus ayudantes me recibieron amablemente y me hicieron algunas bromas.
Comenzó el desfile a paso de camino; y el coronel y sus ayudantes lo presenciamos hasta el fin.
Pasó primero el 3º de Línea con sus jefes a caballo. Regimiento y Jefes iban irreprochables. Después el Lautaro. Con ligeros guiños de ojos saludaba a los oficiales cuando pasaban, como diciéndoles : jme envidian?. . . Y después el Curicó y el Victoria.
Cuando terminó el desfile, el coronel y sus ayudantes tomamos la cabeza a trote largo. Cuando estábamos a las puertas de Lima, el coronel mandó a uno de sus ayudantes al 3º de línea con la orden de hacer alto, y a otro donde los demás jefes de cuerpo para que ordenaran las filas.
Después de un momento me dijo: “Vaya a ver si los regimientos vienen en correcta formación”.
Comprendió, sin duda que deseaba moverme y para complacerme me dio esa orden, que en realidad no lo era.
Cuando los ayudantes le informaron que los cuerpos estaban en ordenada formación hizo tocar marcha.
En columnas por cuartas compañías, con las armas terciadas y a paso regular entró la brigada en Lima.
Por las calles transitaban pocas personas y en algunas boca-calles habían grupos de extranjeros y algunos peruanos que veían desfilar admirados nuestros apuestos regimientos, que no parecían hubieran combatido tan rudamente días antes, sino que venían de algún ejercicio. La arrogante figura del coronel Barboza, con su patilla negra, partida en punta por pelo blanco, causaba admiración a los que lo veían a la cabeza de la brigada, y estoy cierto que también con respetuoso temor.
Habíamos recorrido varias cuadras y ya íbamos por calles que debían ser de las principales, cuando el coronel me llamó y repitió la orden anterior: “vaya a ver cómo vienen los cuerpos”. Saludélo rebosante de alegría y disparé al galope. ¡Qué placer más grande oír el ruido que producían las herraduras de mi caballo sobre el pavimento! . .
Llegué hasta el final de la columna y volví al trote largo.
Al pasar cerca de una ventana que tenía la rejilla que es costumbre poner a todas en Lima, a fin de que se pueda mirar desde el interior sin ser visto desde afuera, pude oír conversaciones de mujeres, supuse jóvenes, y hasta alcancé a percibir confusamente sus siluetas.. . Refrené un tanto el caballo, miré insistentemente la rejilla y no resistí el impulsó de sacar la lengua picarescamente. . .
“i Qué chileno tan liso! . . .”, oí claramente que dijeron varias a la vez.. . Con satisfecha sonrisa me alejé al trote.. . Cuando llegué al lado del coronel, éste había trasmitido órdenes de que cada cuerpo se dirigiera
a los alojamientos que se les habían designado, desfile que se efectuó en filas de a cuatro y a paso de camino.
A mí me ordenó incorporarme a mi regimiento, lo que efectué demorándome lo más que pude, para lucirme a caballo, y cuando lo hice continué como ayudante del coronel Robles.
Al Lautaro se le dio como cuartel uno denominado “Barbones”, que estaba en uno de los arrabales de Lima.
Ahí se nos tenía preparado abundante y sabroso rancho.
¿Hay algún muchacho de la edad que yo entonces tenía que haya pasado mejores vacaciones que las que yo estaba gozando?. . .

EN LIMA

Desde el día siguiente de la entrada a Lima se estableció el servicio de guarnición. Los ejercicios diarios se efectuaban por la mañana en las inmediaciones del cuartel, y los de la tarde en el patio, que era muy extenso.
Como en casi todas las guarniciones, a los oficiales se les daba sus raciones en crudo y juntán dose varios la hacían confeccionar por un soldado o alguna camarada. Vivían en el cuartel los jefes y oficiales; pero sólo los jefes y capitanes podían salir cuando querían, los tenientes y subtenientes debíamos pedir permiso para salir de noche, aunque no estuviéramos de servicio.
Durante el día tanto los oficiales como la tropa tenían puerta franca, con excepción, naturalmente, de los que estaban de servicio o arrestados.
En los primeros días de nuestra llegada yo no pude conseguir permisos nocturnos, pero durante el día salía y recorrí todos los barrios.
El comandante Robles estaba severísimo conmigo. No sólo me negaba permiso para salir de noche, sino que me encargaba trabajos de mayoría que no eran de mi incumbencia.
En frecuentes paseos diurnos me divertía conociendo la ciudad, y siempre iba a los portales, ordinariamente acompañado de otro oficial, y me daba el incorrecto placer, lo reconozco, de preguntar a los lechuguinos limeños, que tenían la poca vergüenza de pasearse por ellos estando su patria invadida por el enemigo, si me habían tocado la espada intencional o casualmente; y todos me respondían asustados que por casualidad.
Como a la semana de estar en Lima se verificó una imponentísima ceremonia religiosa para honrar a los muertos en las últimas batallas. Consistió en una misa en la plaza principal celebrada en la puerta de la catedral, a la que asistió el general Baquedano acompañado de gran séquito civil y militar.
Formó una compañía de infantería de cada cuerpo con dotación completa de tropa y oficiales; esto es, un capitán, un teniente, tres subtenientes y ciento cincuenta hombres de tropa, que se eligieron
entre los de más alta talla y limpio uniforme, precedidos por las bandas de música y un escuadrón de caballería y una batería de artillería, también con las bandas.
La compañía del Lautaro fue al mando del capitán señor Díaz Gana; y desfiló y tomó colocación en la plaza, en coIumnas por escuadras, esto es, de ocho hileras de dos hombres cada una, con dos clases como guías, mandados cuatro escaIones por oficiales y cuatro por sargentos. A los oficiales francos se nos permitió asistir.
El espectáculo que presentaba la plaza era enorgullecedor.
En las esquinas y portales había grandes aglomeraciones de gente, que admiraba la apostura y correctísima presentación de esa parte de nuestro ejército; y muchos dudaban que fuera una sola compañía de cada cuerpo, pues creían que cada una de ellas era un batallón.
El elocuente orador sagrado, don Salvador Donoso, pronunció una oración fúnebre muy sencilla y hermosa. Cierta noche salí con permiso del comandante Carvallo Orrego, hasta las doce; y acompañado del subteniente señor Carlos Reygada, nos fuimos curioseando por diferentes barrios y llegamos hasta el de los chinos, a cuyo teatro entramos. La admiración de la concurrencia fue grande, pues éramos los primeros oficiales que asistíamos a su teatro, según nos dijeron. Algunos chinos, que parecían de los principales, nos ofrecieron comestibles, frutas y comidas, guisadas y calientes, pues el teatro era a la vez restaurant. No aceptamos sino unas frutas y permanecimos sólo como media hora.
El estruendo que producía la orquesta, con muchos bombos y platillos, nos dejó como ensordecidos.
Nos retiramos y no encontrando a dónde ir llegamos al paradero obligado de casi todos los oficiales chilenos: una confitería en uno de los portales de la plaza principal. Tomamos unos helados y aproximándose las doce nos dirigimos al cuartel en un coche de alquiler.
Dos o tres cuadras antes de llegar había un barrio de edificación muy pobre y desparramada; y con extensiones considerables sin casas ni cierros.
Ibamos por esos parajes, cuando un grupo de cuatro personas, que se presentaron de improviso, ordenó detener el coche; y el cochero, sin obedecer las órdenes de continuar que le dimos, detuvo los caballos. Dos de los asaltantes abrieron las portezuelas del coche con intenciones de subir e impedir que nosotros bajáramos.
En ese preciso momento apareció mi asistente, corvo en mano, y dio a uno de ellos un feroz cachazo en la cara que lo hizo tambalear.
Aprovechamos rápidamente el momento, mi compañero y yo, y bajamos del coche espada en mano.
Los cuatro agresores huyeron veloces y los perdimos de vista.

Comprendimos que el cochero era culpable y quisimos mandarlo preso; pero mi asistente le dio unos golpes y lo hizo retirar. “Si el cochero va preso, nos dijo, no acabamos nunca con declaraciones y con los cariños que le hice está bien castigado”.
¿Y dónde estabas, le pregunté, que llegaste tan oportunamente?. . . “Agarrado detrás del coche”, me respondió. ¡Sin que mi compañero ni yo lo notáramos nos había acompaííado en todas las excursiones de esa
noche!
Una parte de la policía de Santiago, que se había movilizado con el nombre de Batallón Bulnes, hacía el servicio de policía del orden, y a fe que lo guardaba con estrictez y gran corrección.
En 1913, que estuve en Lima, tuve el agrado de oír a un honorable caballero italiano, que nunca había estado tan bien resguarda como durante la ocupación chilena; y se expresaba en forma encomiástica, hasta la admiración, de su jefe el comandante señor Ezequiel Lazo, que hacía además de juez, para juzgar las faltas e infracciones a las disposiciones municipales. Estas fueron promulgadas por bando del jefe político-militar de la plaza.
La correcta conducta observada por el ejército de ocupación, certificada por todos las extranjeros residentes y por sus representantes, hizo que los naturales se convencieran de que sus dirigentes los habían engañado al decirles que los chilenos eran
una horda de bandidos que nada respetaban, y pronto comenzaron a establecerse vínculos de amistad entre los miembros de nuestro ejército y ellos, especialmente con el elemento femenino, que se convertían en relaciones amorosas en numerosos casos.
Raro era el oficial que no cortejaba alguna joven limeña y raro el individuo de tropa que no tuviera su amiga predilecta. Pongo por testigos de que lo que afirmo es verdad, a todos los extranjeros residentes entonces en Lima.
La conducta observada por los chilenos con el elemento indigente, entonces muy numeroso, fue digna de alabanzas.
En los cuarteles se repartía diariamente comida preparada a todos los que acudían a pedirla.
Como entre las personas que se veían obligadas a solicitar ese socorro había algunas cuya posición social era superior a la de la generalidad, se hacía con ellas delicadas diferencias.
Recuerdo que en cierta ocasión uno de los capitanes me señaló a una señora anciana que se mantenía un tanto alejada, esperando terminara el reparto a los que se precipitaban por ser los primeros, y me dijo le preguntara su nombre y dirección; y cuando los supo ordenó al sargento ranchero que diariamente le reservara una buena parte, y se la diera a hora diferente de los demás, y me mandó que comunicara a la señora la determinación, que oyó muy emocionada.
Era viuda de un alto magistrado judicial y no recibía su pensión desde hacía varios meses.
Por esos días se nos concedió un suple (1) de $ 150 a los subtenientes.
La admiración y orgullo nuestro eran grandes, pues cada peso chileno lo cambiábamos por doce o catorce soles; y la admiración de los peruanos era mayor que la nuestra, al ver que todos disponíamos de tanto dinero.
Teníamos entonces los chilenos fundados motivos para estar orgullosos de nuestra nacionalidad ... ¿Hoy?. . . Hoy podrían los chilenos volver a enorgullecerse si imitaran las virtudes cívicas y morales de las
generaciones de entonces; que, no hay que olvidarlo, son las que dieron a Chile glorias y riquezas.
(1)Durante toda la campaña no se ajustaron los sueldos a mi regimiento, y creo que igual cosa pasó con todos los demás, dándose sólo
suples.

Host: 200.83.227.50


Admin: Borrar Mensaje  miguel castillo    macc.761@gmail.com  23/01/2014 01:35  Fecha
Mensaje muy buena pagina un gran aporte... se agradece

Host: 190.21.157.65


Admin: Borrar Mensaje  Beto Mendoza    tk-1898@hotmail.com  22/01/2014 23:57  Fecha
Mensaje Es genial esta Gran Página! Muchas Gracias!.

Host: 190.238.194.227


Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  20/01/2014 00:41  Fecha
Mensaje ENTRADA DEL EJERCITO CHILENO A LIMA, 17 DE ENERO DE 1881

Ocupación de Lima: relato del ciudadano colombiano Vicente Holguín

Relato del ciudadano colombiano Vicente Holguín

Muy cerca lo he visto, puesto que de Lima a los campos de los últimos combates en La Rinconada (9 de enero), en San Juan y Chorrillos (13 del mismo) y en Miraflores y en otros puntos de la extrema derecha (15 del mismo), la distancia es tal que jefes, oficiales y soldados, cubiertos no de laureles sino de polvo, llegaban a esta ciudad cuando aún se oía los cañones del combate. Como complemento se hizo uso de la moderna y terrible invención de las minas y bombas automáticas, de las que se hallaban sembrados los .contornos de los principales fuertes como San Juan y El Solar.

Estas bombas, ocultas en la tierra, estallaban al sufrir presión y producían el formidable efecto de una mina. El inmediato y costoso descubrimiento que hicieron los chilenos de este medio de defensa no les arredró en las cargas, y a la bayoneta tomaron las alturas. Pero esas funestas bombas estaban destinadas a hacer inmensa la desgracia de los infelices heridos que quedaron en el campo, pues a causa del terror inspirado por las explosiones súbitas que destrozaron hombres y mujeres en busca de sus deudos, nadie se atrevió a recorrer esos parajes en donde los heridos agonizaban al lado de los cadáveres horrorosamente fétidos, que ni perros ni gallinazos fueron a devorar.

Episodio de horror indescriptible han tenido lugar con esos pobres heridos, abandonados con la más fría crueldad a dos leguas de una ciudad populosa, entre cuyos habitantes hubo millares excusados del servicio militar con la insignia de las ambulancias.

Los acontecimientos siguieron un curso rapidísimo. La noche aumentó con sus sombras la ansiedad del día. Las calles de Lima estaban silenciosas; el gas iluminaba una ciudad que parecía abandonada. Algún transeúnte apresurado, algún disperso rezagado o herido levemente, alguna camilla de ambulancia, era lo que de vez en cuando mostraban las calles o plazas silenciosas. Al mirar desde los techos hacia el campamento, el resplandor del incendio de Chorrillos contristaba el espíritu y esas llamas devoradoras de las suntuosas habitaciones de la aristocracia limeña –medida de guerra atroz, pero no inusitada- hubieran mantenido siempre en la memoria de todos un recuerdo execrado del vencedor, si las llamas que se levantaron después en Lima para consumar un crimen sin ejemplo, no hubieran hecho desear en la capital la presencia del mismo vencedor.

El 14 por la mañana la mayor parte de los extranjeros organizados en ambulancias se dirigían al palacio de la Exposición, en donde desde la víspera prestaban importantes servicios a los heridos que llegaban en el ferrocarril. Un movimiento general y un sordo rumor agitaban la multitud ahí reunida cuando el pito anunciaba desde lejos la llegada del tren de Miraflores, y las colonias tomaban sus camillas para recibir a los heridos o salían a buscarlos a los barrios apartados de la ciudad.

El 15 por la mañana, los ánimos presentían algo. Poco después del mediodía oyéronse cañonazos en el campamento. La ansiedad comenzó de nuevo, las carreras se multiplicaron, el temor general se pintaba en los semblantes. Miraflores, centro del combate, dista de Lima apenas dos leguas, razón más para que desde las tres de la tarde fueran numerosos los individuos del Ejército que entraban en la capital. Todos decían estar triunfantes.

El sol del 15 de enero se había hundido en el ocaso y con él la esperanza de cuantos dieron y recibieron abrazos por la prisión de Baquedano. Vino la noche y vinieron con ella los gruesos pelotones dispersos y los catorce batallones de la reserva, cuyos comandantes recibieron la orden de su jefe de Estado Mayor, coronel don Julio Tenand, de concentrarlos en la ciudad y disolverlos, sin haber disparado un solo tiro sobre el enemigo. El coronel Piérola no entró con ellos: era mucho lo que se había ofrecido a la capital y a las tropas y el triste resultado final estaba muy lejos de corresponder a tan pomposas promesas.

De las relaciones sobre los acontecimientos de esa tarde resulta que el inesperado combate se trabó porque los peruanos situados en los reductos de Miraflores violaron el armisticio. El combate apenas duró una hora.

En la mañana del domingo 16 se conocía perfectamente el desastre y se medía su magnitud. El recio y sangriento ataque de Miraflores, embestido por los chilenos furiosos por la inefidencia cometida, fue apenas medianamente sostenido por tres o cuatro batallones de la reserva y algunos restos del cuerpo de línea.

Si los ejércitos peruanos habían desaparecido como el humo de los combates, no así los peligros para la capital que abrigaba en su seno esos ejércitos desbandados, indisciplinados y con armas, y un populacho heterogéneo e híbrido de la peor especie. Para contrarrestar a semejantes elementos existía sólo un alcalde municipal nombrado a última hora; como si dijiéramos, a la grupa del dictador cuando éste trepaba hacia la sierra.

Hubiérase creído, en vista del considerable y variado número de banderas que ondeaban los techos, miradores, balcones, puertas y ventanas, que Lima engalanada se preparaba como en los días de sus frecuentes festivales a entregarse gozosa y aturdida a los placeres que la han enervado. Todas las banderas del mundo comercial flotaban en la capital peruana, menos las de Chile, Bolivia y el Perú... En los hospitales de sangre ondeaba la bandera de la Cruz Roja, y en los de caridad, casas de asilo, orfelinatos y demás establecimientos de beneficencia desplegábanse al viento grandes banderas blancas con una imagen de la Inmaculada Concepción.

El saqueo de tiendas, zapaterías y depósitos empezó muy temprano en algunas calles. En la muy extensa de Malambo, donde abundan negros y mulatos, hubo violencia desde las tres de la tarde; en el centro de la ciudad, desde las 5. Los depósitos de víveres robados fueron muy pocos: de chinos muy pobres, de algunos italianos. Los ricos almacenes de mercaderías asiáticas de las calles de Espaderos, Melchor Malo y Bodegones; algunos establecimientos europeos de ropa hecha y todas las tiendas y casas ricas de préstamos asiáticas de Zavala, Albaquitas Paz-Soldán, Capón, Hoyos, Mercedarias y otras, fueron atacadas en la noche, antes de que las colonias extranjeras pudieran organizarse y prestar importantes servicios que salvaron la capital.

Los ladrones invadían las calles por todas partes y en grupos que vitoreaban al Perú y a Piérola, sin acordarse para nada de los chilenos, se dirigían a las calles escogidas que eran designadas a gritos por la turba. A las 8 de la noche un tiroteo nutridísimo se oía en toda la ciudad. Al principio fueron disparos hechos contra las cerraduras para forzar las puertas, o lanzados en todas direcciones como medio de intimidación. Pero desde las 10 se trabó combate que, en distintas partes, defendían las puertas de sus casas y tiendas desde los techos.

Pero aún no había llegado el momento solemne del incendio con que los malvados apoyaron la perpetración de sus crímenes. Ese pueblo de Lima, tan encomiado por su prensa, “cuyos pechos y cadáveres –decía- formarían una valla infranqueable para el invasor”; esos soldados que habían huido ante el enemigo, entraron a la capital a incendiar, a robar y a asesinaren sus hogares a los más laboriosos e indefensos de sus confiados huéspedes.

Muy laudables fueron los esfuerzos y la abnegación con la que la mayor parte de los extranjeros salvaron Lima. Las bombas francesa, inglesas e italianas, servidas por sus respectivas colonias y apoyadas por las demás, luchaban contra el incendio bajo el fuego de los que huyeron ante los chilenos.

Nada más horroroso que el siniestro cuadro que Lima ofrecía esa noche, y nada más propio para explicar y comprender los problemas de ese pueblo, que de tiempo atrás ha estado ocultando úlceras profundas con las lujosas galas en que ha derrochado sus ingentes riquezas.

Ahí estaba Lima incendiada por sus propios hijos; ahí estaba esa ciudad que hasta la víspera lanzaba a los cuatro vientos el denuesto contra sus enemigos, clamando porque entraran y la salvaran de una destrucción más vilipendiosa que el vencimiento y el perdón.

En la tarde del lunes 17 entraron a Lima los primeros batallones chilenos, que la salvaron ocupándola, y cuya actitud digna, circunspecta y grave, obra de la disciplina y de la contingencia de su fuerza, ha debido ser uno de los más severos castigos inflingidos al Perú por el Supremo Juez de las Naciones.

El ejército de Chile hizo su entrada con una moderación que ponía de manifiesto la disciplina de los soldados y la sensatez de sus jefes, así como sus triunfos habían atestiguado su bien dirigida bravura. Los peruanos, mal de su grado, debieron sentir la superioridad de un enemigo que después de vencerlos les devolvía la seguridad de sus hogares, sin insultarlos siquiera con la risa burlona o la mirada compasiva de los fatuos.

¡Cuán diverso habría sido este cuadro final, si los sucesos de la guerra hubieran abierto las puertas de Santiago a caudillos y periodistas que proclamaban guerra sin tregua ni cuartel, y a batallones como los que, desbandados, incendiaron a Lima.

Host: 200.83.227.50


««  Mensajes 271 - 285 de 3601 - ... 19 20 21 22 23 24 ... -  «   »

Servicio hospedado en www.melodysoft.com | Condiciones generales de uso