La Guerra del Pacifico - Los Héroes Olvidados
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Admin: Borrar Mensaje  jaime damacen fernandez    dafeja_@hotmail.com http://--------------------  28/07/2013 04:39  Fecha
Mensaje hola encontré esta pagina y me parece muy buena para los amantes de la historia en poco tiempo he leído casi todo y fue muy educativo e interesante muchísima de la info que tienen no la había leído en ningún otro lugar pese a lo horrenda que fue la guerra veo que tratan a ambos mandos con mucho respeto .... el pueblo que olvida su historia esta condenada a repetirla.......

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Admin: Borrar Mensaje  Patricio    patricio.michael.07@gmail.com  22/07/2013 01:00  Fecha
Mensaje Hola Quería agradecerles por todo el contenido histórico como fotos y los nombres de los soldados que participaron, y gracias a ustedes esté joven puede aprende más sobre la historia de chile, saludos!

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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  9/07/2013 23:56  Fecha
Mensaje BATALLA DE HUAMACHUCO :

La mañana del 9 de julio los reveló aún impávidos, en sus mismos puestos y sin quitarse la vista de encima. Cáceres, un tanto impaciente, ordenó cerca del mediodía que un grupo de sus hombres se desplazara hacia un costado del monte y comenzaran a disparar y gritar ruidosamente, intentando hacer creer a los chilenos que la división de Arriagada se había devuelto y libraba combate con los peruanos. Sin embargo, Gorostiaga no lo creyó y sus hombres permanecieron inmutables en la altura del Sazón.

Pasaron las horas, la noche volvió a caer y la batalla aún no empezaba.

En horas nocturnas, Gorostiaga se reunió con sus hombres y comunicó la necesidad de tomar una decisión. Los víveres alcanzaban sólo para un día más y los montoneros podían ser reforzados con los del Coronel Puga, por lo que ya no podían esperar más. Gorostiaga les recordó, además, que esa noche se cumplía el primer aniversario del Combate de La Concepción, por lo que había llegado la hora de volver a levantar las banderas de honor y gloria.

A las 6 de la mañana del día siguiente, el glorioso 10 de julio de 1883, comenzaba el feroz combate final cuando dos compañías del Zapadores, al mando del Capitán Ricardo Canales, bajaron al valle y corrieron hacia las faldas del Cuyurga. Dos batallones peruanos se les arrojaron intentando flanquearlos por el lado del cerro Prieto, por lo que Gorostiaga ordenó reforzar el grupo con dos compañías del Concepción, al mando del Teniente Luis Dell'Orto. Como tardó en llegar, Canales ordenó un feroz ataque de bayonetas, con el que lograron romper la línea enemiga que pretendía cerrarles el paso, pero comenzaron a replegarse sin dejar de disparar mientras se reunían con los hombres del Concepción.

En un inesperado error, Cáceres creyó que la retirada del primer grupo de atacantes chilenos era definitiva y ordenó que todos sus hombres se arrojaran cerro abajo, para aplastar al enemigo en el valle, mientras los siguió observando la escena desde la montura de su fiel caballo "Elegante".

Pero abajo, el resto de la fuerza chilena se concentró en una línea de defensa ordenada por Gorostiaga, que contuvo con energía a los peruanos y comenzó a provocarles grandes bajas. Por tres horas los chilenos lograron enfrentarlos a pesar de la inferioridad numérica, que casi le costó perder al flanco izquierdo del Capitán Julio Z. Meza y sus hombres del Talca. Apoyados con la artillería del Comandante Fontecilla, lograron mermar a sus atacantes con heroico poder de resistencia.

Al flaquear el flanco izquierdo, los soldados de Cáceres se concentraron por la derecha, tratando de rodear a los chilenos, y al principio pareció estar a su favor esta acción. Es aquí donde el "Brujo de los Andes" comete su segundo e insólito error, al ordenar que bajaran la artillería al valle atacando a los chilenos de frente.

Un insólito optimismo le había inundado a él y a sus hombres, los que, luego de tomar el pueblo, comenzaron a hacer sonar las campanas de la iglesia de Huamachuco en señal de victoria y a celebrar con orfeón musical como si el combate ya estuviese definido.

Gorostiaga ordenó al Ayudante Santiago Herrera partir a comunicar al Mayor Sofanor Parra que lanzara un doble ataque de cazadores, por ambos costados de la masa en combate, mientras se realizaría un ataque frontal de infantería con las bayonetas brillando al sol. Parra hizo sonar el son de corneta y la caballería se arrojó colérica sobre el enemigo, al igual que los demás hombres.

La violencia y el poder de esta carga fue devastadora, destrozando a los peruanos y destruyendo la línea de fuego, para alcanzar después los cañones, con lo que Cáceres perdía su artillería.

Los chilenos de infantería, en tanto, irrumpieron con tanta agresividad que arrasaron al enemigo provocando escenas de pánico y terror, que llevaron a muchos de ellos a soltar sus armas y arrancar despavoridos del lugar. Los más valerosos se mantuvieron hasta el último momento en sus puestos, pereciendo atravesados por el corvo, la bayoneta o el sable.

Cáceres no podía creer lo que veía. Los sobrevivientes de sus hombres escapaban en completo caos y quedaba el valle alfombrado con los blancos uniformes ensangrentados de sus hombres. De pronto, advirtió que un pequeño grupo de caballería liderada por el Teniente Abel Policarpo Ilabaca, se acercaba peligrosamente hacia su posición, ante lo cual escapó en loca carrera. Los chilenos lo persiguieron por un largo tramo hasta que, de pronto, Cáceres llegó al borde de una quebrada dando su caballo un salto magnífico, que ha pasado a formar parte de la antología narrativa histórica peruana. Y la leyenda humana, de esta manera, escapó. Los caballos de los chilenos, al llegar a la misma quebrada, cansados por el combate, frenaron de improviso, obligándolos a ver cómo desaparecía en la distancia aquel general de proporciones míticas.

Culminaba, de este modo, la racha del ilustre "Brujo de los Andes". El episodio liquidaba, además, una mística que los peruanos se han negado a aceptar, en algunos casos, hasta nuestros días: el mito de la condición invicta del General Cáceres. En efecto, no es inusual encontrar fuentes peruanas donde se sigue insistiendo en que el general jamás fue vencido por los chilenos, dando complicadas y rebuscadas fórmulas para poder presentar la batalla de Huamachuco como un eventual "empate" o, simplemente, omitiéndola de los relatos.

Terminaba así la epopeya del heroico guerrero peruano. Ya no había ninguna posibilidad real de resistencia y la campaña de la sierra conseguía su principal objetivo, al aniquilar a las fuerzas militares del Perú y reducir las montoneras a meros clanes dispersos de alzamiento indígena.

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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  9/07/2013 01:46  Fecha
Mensaje RELATO DEL SOLDADO MARCOS IBARA DIAZ, SOBRE LA CONCEPCION :

Julio, 10 de 1882 a las 1 P. M.

Salimos de Huancayo al pueblo de la Concepción, los siguientes batallones 3º de Línea, y el 5º de línea, y el 6º de Línea y el Lautaro Movilizado y Artillería Nº 1 de Montaña y Carabineros de Yungay y el 2º de Línea, y también iba a la vanguardia.

Página 51.
El 2º de Línea fue el primero en llegar al pueblo de la Concepción.

Eran las 4:30 P. M. cuando íbamos entrando al pueblo de la Concepción, mi Coronel Canto quedó sorprendido que todo el pueblo estaba cerrado, y con llave, y además no se veía un ser viviente, mi Coronel hizo hacer alto al 2º de Línea, y cargar sus rifles y ordenó que avanzaran los Carabineros de Yungay a dar algún reconocimiento a la plaza, fueron de un suspiro, fue un Ayudante con un escuadrón y se encontró un cuadro terrible, y luego llegó el

Página 52.
Ayudante donde mi Coronel, y le contó. La plaza era un cementerio de cadáveres, mi Coronel ordenó que avance el 2º de Línea y luego llegamos a la plaza de la Concepción.

Aquí están los mártires de la 4º Compañía del Chacabuco del 6º de Línea que murieron en el cumplimiento del deber.

Notas: Entonces yo llamé a mi 1º cruzarte de la 6º Compañía del 2º de Línea y le dije nos sacamos la lotería en este pueblo hay que darle los agradecimientos a mi Coronel Canto relevar con la 4º Compañía del Chacabuco, y sino seríamos los mártires del deber.

Página 53 [Doble numeración en el original: 53 y 57].
Avanzadas.

La Concepción. 10 de julio de 1882.

Orden del día del Comandante de la División, mi Coronel Canto ordenó que marcharan las tropas de avanzadas fuera del pueblo, por si venía el enemigo nuevamente, y mandar patrullas, un Cabo con cuatro soldados para que recorran el pueblo de la concepción, y abrieran las habitaciones haber si encontraban a algún ser viviente, y traerlos al cuartel.

Página 54 [Doble numeración en el original: 54 y 58].
2.000 indios.

Estos valientes del Chacabuco murieron en el Combate acribillados a proyectiles con flechas y lanzas y mazas de madera, y sucumbieron hasta que rindieron la vida defendiendo la bandera tricolor chilena de la nación, en el cumplimiento del deber, contra más de 2.000 cholos, hordas salvajes de la sierra. Mi Coronel Canto dio órdenes que los señores cirujanos que le extrajeran

Página 55 [Doble numeración en el original: 55 y 59].
cuatro corazones a los señores oficiales del Chacabuco y mandarlos a Chile. Yo Ibarra estaba de centinela en ese recinto cerrado, yo vi cuando los corazones fueron puestos en unos frascos con alcohol, estos señores Oficiales y tropa combatieron hasta disparar el último proyectil hicieron la carga a bayoneta calada, y no se rindieron nunca jamás hasta quedar en el campo de combate sin vida en cumplimiento del deber



Página 56 [Doble numeración en el original: 56 y 60].

y encontraron en el segundo piso a dos alemanes que estaban en esa habitación escondidos, el Cabo 2º Emilio Carvallo le[s] interrogó que estaban haciendo en esa casa, contestaron que eran alemanes y que eran arrendatarios que vivían en esa casa y trabajaban en el comercio, los alemanes dijeron que habían visto todo el combate que tuvieron los chilenos con los peruanos, y por una ventana que quedó entreabierta, entonces vimos que los chilenos eran muy valientes. El Cabo Carvallo condujo a los dos alemanes en presencia de mi Coronel Canto.

Página 57 [Doble numeración en el original: 57 y 61].
Mi coronel llamó a los dos alemanes para aclarar su presencia, y les interrogó a los alemanes que hacían escondidos en esa habitación, y le contestaron que ellos eran arrendatarios que vivían en aquella casa y además trabajan en el comercio, y ellos dijeron, nosotros vimos el combate de los chilenos que tuvieron con los peruanos, entonces vimos que los chilenos eran muy valientes con el enemigo.

Mi Coronel Canto ordenó que los dos alemanes fuesen llevados a la capital de Lima, a presencia de mi

Página 58 [Doble numeración en el original: 58 y 62].
General Lynch, Jefe del Ejército chileno en la capital de Lima.

La Concepción 10 de julio de 1882.

Mi Coronel Canto dio órdenes que los cadáveres de los 77 Mártires de la 4º Compañía del Chacabuco que están en la plaza, fueran sepultados.

Página 59 [Doble numeración en el original: 59 y 63].
La Concepción, 11 de julio de 1882.

Orden del día del Comando de la Guarnición. Mi Coronel Canto dio orden que fuera un Cabo con ocho soldados por compañía del 2º de Línea a buscar material inflamable para incendiar la Concepción y reducirla a cenizas. Jefe: Estanislao del Canto.

Notas: Yo era uno de los soldados mandados por mi Cabo Montecinos a buscar materiales inflamables. En un departamento encontré un documento de guerra del general Cáceres, yo lo leí y lo copié en mi libreta y mi Cabo ordenó regresemos al cuartel. Yo le entregué el documento a mi Coronel Canto. La Concepción, 11 de julio de 1882.

Página 60 [Doble numeración en el original: 60 y 64].
Documentos.

La Sierra julio 8, de 1882.

El General Abelino Cáceres se encontraba al interior a 15 leguas de distancia de Pucará y a 18 leguas de distancia de la Concepción.

Cáceres tenía 3.500 indios bien armados.

El General llamó a su oficina a tres coroneles que tenía bajo sus órdenes, mañana 9 de julio va a dar un asalto, un Coronel con 1.200 hombres a las 4 de la mañana al pueblo de Pucará, dos coroneles más van a dar el otro asalto con 2.000.

A las 4 de la mañana a la Concepción y terminar con el enemigo, no hay que dejar a ninguno con vida.

General A. A. Cáceres.

Copia del documento.

Página 61 [Doble numeración en el original: 61 y 65].
1882

El Combate de la Concepción.

El 9 y 10 de julio 1882 de Lima al interior por 77 hombres del Chacabuco.

Página 62 [Doble numeración en el original: 62 y 66].
Notas.

La Concepción 9 y 10 de julio de 1882.

Marcos Ibarra Díaz dejé anotado en este libro las declaraciones de los dos prisioneros alemanes y que fueron juramentados por el Cabo 2º de Línea de la 6ª Compañía y delante de cuatro soldados siguientes: Rafael Manzo, Juan de Dios Gómez, Martín Tapia y Marcos Ibarra Díaz, yo Ibarra anotaba las declaraciones en una libreta de los prisioneros alemanes y contaban que ellos tenían

Página 63 [Doble numeración en el original: 63 y 67].
muchas relaciones con los señores oficiales de la Compañía del Chacabuco, porque ellos vivían al lado del cuartel.

Los dos alemanes vieron todo el Combate de la Concepción y la tragedia y por ellos se supo lo que pasó en el pueblo el 9 y 10 de julio de 1882.

Página 64 [Doble numeración en el original: 64 y 68].
Una sorpresa dio el enemigo en el pueblo de la Concepción el 9 de julio de 1882.

El Capitán Ignacio Carrera Pinto se encontraba en el patio del cuartel y conversando con los dos alemanes, y eran vecinos del lado del cuartel, y miró el Capitán para el cerro y divisó el enemigo a 600 metros de distancia que venían bajando por la falda del cerro en división al pueblo, el Capitán vio la hora de su reloj eran las 9:15 A. M. el Capitán llamó a los oficiales y tropa, ármense con sus rifles y municiones. El enemigo a la vista, a la carrera mar.

Página 65 [Doble numeración en el original: 65 y 69].
y les dio la consigna de guerra, no hay que rendirse nunca, armar y combatir y disparar hasta el último proyectil, órdenes que dio el Capitán Ignacio Carrera Pinto y los dos señores oficiales Arturo Pérez Canto y Julio Montt Salamanca y con 53 soldados de su mando ir a la plaza antes que llegue el enemigo a combatirse, ahí dejó un señor oficial. Luis Cruz Martínez con 20 soldados en el cuartel.

Página 66 [Doble numeración en el original: 66 y 70].
Y la consigna de guerra a morir combatiendo con el enemigo y cumplir con el deber, eran a las 9:40 A. M. el enemigo rompió los fuegos en dirección a la plaza y el cuartel, los fuegos fueron contestados por los 77 de la compañía del Batallón Chacabuco 6º de Línea de la 4º Compañía y siguió el combate

Página 67 [Doble numeración en el original: 67 y 71].
sin tregua, el enemigo combatía con más de 2.000 indios salvajes de la sierra, en ese momento el pueblo se sublevó en contra de la compañía de la guarnición, el pueblo se unió con los dos mil indios que combatían, eran las 10:30 A. M. cuando el enemigo incendió las caballerizas por detrás del cuartel.

El Capitán Ignacio Carrera Pinto a las 9:25 A. M. había salido para la plaza a combatirse con el enemigo, el señor oficial y los 20 soldados se atrincheraron en el cuartel y combatieron con el enemigo hasta morir.

Página 68 [Doble numeración en el original: 68 y 72].
El incendio y la hoguera, se agotaron las llamas y el fuego no alcanzó a pasar al cuartel lo que favoreció mucho a los 20 combatientes que estaban dentro del cuartel.

El señor oficial ordenó que subieran los soldados al techo y que remacharan el asta de la bandera para que no dejara de flamear mientras estuvieran combatiendo, eran las 7. P. M. cuando sucumbieron, el Capitán Ignacio Carrera Pinto y sus oficiales y 53 soldados murieron combatiendo con el enemigo, rindieron su vida el 9 de julio de 1882.

Página 69 [Doble numeración en el original: 69 y 73].
Llegó la noche, el oficial y los 20 soldados que quedaban.

Fueron 15 los combatientes, y con ellos combatieron toda la noche hasta el otro día siguiente, era 10 de julio de 1882.

Sigue el combate, el señor oficial era joven, tenía 15 años y tenía el corazón grande y valiente. De los 15 guerreros que habían combatido, quedaba el señor oficial y 5 soldados de guerra, el enemigo furioso con los chilenos que no se rendían, eran las 11:15 A. M. y el enemigo de nuevo incendió el cuartel por vanguardia y retaguardia

Página 70 [Doble numeración en el original: 70 y 74].
y con furia el fuego pasó a la iglesia y también fue devorada por el fuego.

El señor Oficial Luis Cruz Martínez con 5 que le quedaban salieron afuera a la hoguera y cayeron dos soldados muertos por los proyectiles del enemigo.

El señor Oficial se había armado con un fusil graz [sic] y proyectiles y sin bayoneta y [salió a] combatir y llegar a la plaza con sus 3 soldados, fallecieron en el combate, el señor oficial

Página 71 [Doble numeración en el original: 71 y 75].
se combatía, y se le agotaron los proyectiles, entonces el enemigo le gritaba, señor oficial ríndase hijito, ríndase ya es bastante.

“El chileno nunca se rinde, ¡Jamás! Y viva Chile” y muere al pie de su fusil “Adiós Chacabuco” y fue acribillado a proyectiles por el enemigo, y dejó de existir en el cumplimiento de su deber y terminó el Combate de la Concepción a las 12:15 P. M. El 9 y 10 de julio de 1882, los indios enfurecidos con los chilenos se fueron a la plaza y desnudaron a los chilenos que estaban muertos, de su vestuario militar, dejándolos completamente desnudos como el día en que habían nacido, y saciaron sus rabias con los cadáveres.

Página 72 [Sin numeración en el original].
77 de la Cuarta del Chacabuco combatieron en la plaza de la Concepción con más de 2.000 peruanos durante 27 horas sin tregua, el combate era desigual hasta que se le agotaron los proyectiles a los chilenos y siguieron a bayoneta calada con el enemigo.

Entonces gritaba el enemigo a la carga, no hay que dejar ningún chileno con vida y terminar con los 77 rotos del Chacabuco. El Chacabuco no se rindió nunca al enemigo.

El 9 y 10 de julio de 1882.

Estos son los nombres de los 77 soldados del Chacabuco.

Capitán: Ignacio Carrera Pinto.
Subteniente: Arturo Pérez Canto.
Subteniente: Julio Montt Salamanca.
Subteniente: Luis Cruz Martínez.
Sargento 1º: Manuel Jesús Silva.
Sargento 2º: Clodomiro Rosas.
Cabo 1º: Gabriel Silva.
Cabo 1º: Carlos Segundo Morales.
Cabo 1º: Ignacio Bolívar.
Cabo 2º: Pedro Méndez.
Cabo2º: Plácido Villarroel

Página 73 [Número 54 en el original].
Soldados:
José Martín Espinoza.
José Félix Valenzuela.
José Argomedo.
José Arias.
José del Carmen Sepúlveda.
José Jerónimo Jiménez.
Juan Sierra.
Juan Bautista Muñoz.
Juan Segundo Rojas.
Juan Montenegro.
Juan Hinojosa.
Juan Bautista Jofré.
Amador Gutiérrez.
Agustín Oliva.
Abelardo Silva.
Ángel Agustín Muñoz.
Juan Sandoval.
Juan Bautista Campos.
Abelino Olguín.
Agustín Segundo Sandoval.
Enrique Reyes.
Eduardo Aranis.

Página 74 [Número 55 en el original].
Emilio Rubilar.
Erasmo Carrasco.
Estanislao Rosales.
Emigdao Sandoval.
Estanislao Jiménez.
Efraín Encina.
Emilio Correa.
Mariano González.
Manuel Antonio Martínez.
Manuel Contreras.
Manuel Rivero.
Manuel Jesús Muñoz.
Miguel Prado.
Máximo Roque.
Félix Contreras.
Francisco Sepúlveda.
Francisco Escalona.
Francisco Contreras.
Florencio Astudillo.
Lorenzo Aceitón.
Luis González.
Lorenzo Torres.
Lorin Jofré.
Lindor González.

Página 75 [Número 56 en el original].
Toribio Morán.
Tiburcio Chandía.
Pablo Ortega.
Pablo Guajardo.
Lorenzo Serrano.
Plácido Villarroel.
Pedro Lira.
Pablo González.
Pedro Moncada.
Pedro M. Zúñiga.
Bonifacio Lagos.
Bernardo Laque.
Rafael Otárola.
Vicente Muñoz.
Zenón Ortiz.
Rudesindo Zúñiga.
Hipólito Ultrera.
Gregorio Maldonado.
Pablo Trejo.

El soldado Pedro González era del Batallón Lautaro Movilizado y lo agregaron a la 4ª del Chacabuco y también rindió su vida en el combate con los camaradas del Chacabuco

Página 76 [Doble numeración en el original: 72 y 76].
y haciendo las cargas con lanzas y flechas y mazas de madera y fusilería de rifles y bayonetas, y gritando enfurecidos y se fueron al interior de la sierra.

Los habitantes de la Concepción también abandonaron el pueblo y dejaron las habitaciones con llaves.

Un cholo le trajo una noticia, que venían en marcha la División Canto y por eso abandonaron el pueblo de la Concepción.

Página 77 [Doble numeración en el original: 73 y 77].
Éstas son las declaraciones que dieron los prisioneros alemanes, es del principio del combate de la Concepción el 9 y 10 de julio de 1882 hasta que terminó la tragedia de los 77 del Chacabuco 6º de Línea de la 4ª Compañía.

Yo firmo aquí del batallón Tacna 2º de Línea de la 6ª Compañía.

M. Ibarra D.

Página 78 [Sin numeración en el original].
Notas: Yo Ibarra, aquí en este libro, escribo los nombres de los dos alemanes. Pablo Vichurra y el otro Máximo Flechi que fueron prisioneros.

Los dos alemanes relataron que son nacidos en Berlín y que eran primos segundos.

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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  9/07/2013 01:26  Fecha
Mensaje COMBATE DE LA CONCEPCION 9 Y 10 DE JULIO DE 1882

Del Canto reunió en Huancayo a los jefes de sus batallones, el día 6 de julio. La situación era crítica: casi no había municiones, ni provisiones y se requería llevar lo antes posible a los heridos hasta Lima. Para ello, ordenaría desocupar los hospitales de Tarma y Junín, enviando una salida de casi 500 enfermos escoltados por Carabineros hacia Lima, el día 9 siguiente, para que fuesen atendidos. Muchos de ellos eran incapaces de moverse por sí mismos. La salida debía ser el 9, porque las provisiones sólo alcanzaban hasta ese día. No había posibilidad de atraso, por lo que debía esperarse la llegada de las tropas de Pucará y Marcavalle, pasando a buscar en el camino a la pequeña tropa del "Chacabuco", al mando del Teniente Ignacio Carrera Pinto, destacada en La Concepción.

Precisamente allí, en La Concepción, la decisión de Cáceres había puesto el dedo para su máximo ataque, algo que todos los chilenos ignoraban en aquel momento. El "Brujo de los Andes", que culpaba al Coronel Tafur del fracaso peruano en La Oroya, continuó de todos modos con su plan y ordenó al Coronel Gastó unirse en Comas con el Comandante Ambrosio Salazar, para avanzar contra la posición chilena de La Concepción. Cáceres contaba con que la pequeña guarnición de Carrera Pinto se rendiría fácilmente ante la enorme superioridad de sus tropas, pudiendo continuar así, tranquilamente, para esperar la división gruesa que venía desde Huancayo, 25 kilómetros más al Sur, que era el objetivo principal de toda esta estrategia.

Pero Cáceres no contaba con la calidad de hombres que le esperaban en La Concepción. Allí, 77 muchachos de la 4ª y 6ª Compañía del Chacabuco permanecían acuartelados en la parte trasera de una iglesia, al mando del joven Teniente Ignacio Carrera Pinto, con sólo 31 años, nieto del insigne prócer José Miguel Carrera y sobrino del ex mandatario Aníbal Pinto. Enrolado en el 7º de Línea, Esmeralda, había tenido una participación destacada en la Batalla del Campo de la Alianza, donde había resultado herido. Ascendido a su actual cargo, había actuado también el Chorrillos y Miraflores.

Le acompañaban otros guerreros no menos valiosos, como el Subtenientes Arturo Pérez Canto, de sólo 18 años, quien había abandonado sus estudios en el Liceo de Valparaíso para enrolarse voluntariamente en agosto de 1880, siguiendo los pasos de su hermano mayor Alberto Pérez, cirujano y héroe de la guerra. También se encontraba entre ellos el Subteniente Luis Cruz Martínez, de sólo 16 jóvenes años, que había sido estudiante del Liceo de Curicó hasta su decisión de partir a la guerra, siendo apodado cariñosamente como "Cabo Tachuela" por su pequeña estatura. Una gran cantidad de enfermos se encontraban dentro de la guarnición de La Concepción. Cerca de 11 de ellos padecían de tifus, entre los que se estaba el soldado Pedro González, del Batallón 1º Lautaro, además del veinteañero Subteniente de la 5ª Compañía Chacabuco, Julio Montt Salamanca, hijo de don Manuel Montt y hermano de César Montt, su hermano gemelo y también héroe de guerra. A estas 77 almas se sumaban 3 mujeres cantineras, compañeras o convivientes de algunos de los soldados. Una de ellas estaba acompañada de su hijito de 5 años y otra estaba en su últimos días de embarazo.

Poco antes de comenzar la epopeya de ese lugar, la mañana del 9 de julio de 1882, cerca de 3 mil hombres avanzaron hacia el pueblo de Marcavalle, al mando de Cáceres. Los 300 chilenos que allí se aprestaban para salir a Huancayo fueron sorprendidos y lograron resistir gallardamente la ofensiva, luego de perder más de 20 de sus hombres, atrincherándose tras unos muros bajos. Las montoneras se retiraron, pero un emisario alcanzó a ser enviado al principio de la batalla para que avisara en Huancayo a Del Canto, que en ese momento se disponía a colocar a los enfermos en camillas para salir hacia La Concepción, esperando para ello la llegada de los hombres de Huancayo.

Sin embargo, al llegar el jinete con el aviso del ataque montonero, Del Canto decidió enviar al Batallón Santiago y los Carabineros de Yungay para ayudarles, paralizando el avance hacia La Concepción, hasta que no se resolviera la situación de Huancayo. Precisamente en esos momentos, por desgracia, las fuerzas de Juan Gastó y Salazar se habían reunido, listas para salir hacia La Concepción. Sumaban más de 2 mil hombres, entre soldados regulares e indios montoneros.

La mañana del 9 de julio fue tranquila en La Concepción. La mayor parte de sus habitantes habían salido del pueblo, lo que se interpretó como alguna necesidad religiosa, pues era domingo y el Sargento 1º Manuel Jesús Silva había visto una procesión saliendo de allí muy temprano ese día. Esta calma terminó, sin embargo, cerca de las dos de la tarde, cuando el ruido de corneta tocó la alerta: el pueblo estaba rodeado por los miles de hombres de la División Vanguardia, de Gastó, que merodeaban silenciosamente por las colinas y lomas. 500 militares efectivos y 1.500 indígenas montoneros la componían.

Los montoneros comenzaron a bajar amenazantes, mientras los chilenos salían a ordenarse afuera, incluso los enfermos, liderados por el Subteniente Montt, a pesar de fiebre y su debilidad. Carrera Pinto comunicó de inmediato al grupo su decisión: si empezaba el combate, resistirían hasta que llegase Del Canto con el resto de los chilenos.

Permanecieron así durante tensos instantes, mirándose en la distancia, hasta que de improviso, se acercó hacia la plaza del poblado un emisario de Gastó, portando bandera de parlamento. Traía una carta del propio coronel para ser entregada a Carrera Pinto. Allí, decíale con altruismo:

"Contando, como Usted ve, con fuerzas muy superiores en número a las que Usted tiene bajo su mando y deseando evitar una lucha a todas luces imposible, intimo a Usted rendición incondicional de fuerzas, previniéndole que, en caso contrario, ellas serán tratadas con todo el rigor de la guerra. Dios le guarde a Usted..."

El Teniente chileno solicitó al emisario que esperara y, consiguiendo una pluma, escribió en el mismo papel de la carta de Gastó su respuesta, pidiéndole al enviado que pidiera disculpas al Coronel peruano por el gesto de rayar la misma misiva al no tener más papel a mano. Antes de entregarla, la leyó en voz alta a sus hombres:

"En la capital de Chile, y en uno de los principales paseos públicos, existe inmortalizada en el bronce la estatua del Prócer de nuestra Independencia, General don José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre en mis venas; por cuya razón comprenderá Usted que ni como chileno ni como descendiente de aquél, deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas del rigor. Dios le guarde a Usted..."

El discreto emisario de Gastó, al oír las palabras de Carrera Pinto, no pudo evitar intervenir advirtiéndole de las consecuencias de su decisión. Pero el comandante se mantuvo firme y le pidió que se retiraran en 5 minutos o empezaría en conflicto. El emisario partió de vuelta lamentándose por el destino de los chilenos, mientras ellos comenzaron a celebrar, motivados más por el patriotismo que por algún optimismo, a esas alturas completamente ajeno a la realidad. Acto seguido, se repartieron en 4 grupos tomando posiciones en los vértices de la plaza central, mientras los montoneros comenzaban a bajar hacia el lugar mostrando sus armas y emitiendo aullidos guturales, manifestaciones que se habían vuelto comunes en estas guerrillas indígenas.

Cuando habían avanzado lo suficiente, los chilenos comenzaron a abrir fuego sobre la masa peruana, liquidando a varios de ellos y haciéndolos retroceder, pero sólo por momentos, pues tan pronto se reagrupaban, emprendían la nueva embestida contra los muchachos. Carrera Pinto ordenó, entonces, que cuatro de sus hombres al mando del Sargento 2º Clodomiro Rosas, se parapetaran en el patio de una de las viviendas para disparar protegiendo la posición trasera chilena ante el avance de los peruanos por la retaguardia. Dos horas se mantuvieron en ese sangriento juego, hasta que la situación fue aprovechada por fusileros peruanos que, con gran agilidad, treparon por los techos de las casas y comenzaron a disparar contra los chilenos, causando grandes bajas, lo que obligó a un desesperado repliegue hacia el cuartel.

Una vez adentro, las cantineras y el niño fueron enviados a la cocina y los fusileros comenzaron a disparar por las ventanas. Comprendiendo que encerrados no tenían posibilidad, Carrera Pinto pidió voluntarios para que intentaran abrirse camino entre los montoneros para salir tras refuerzos. Escogió al Sargento Silva y a otros dos soldados. A la orden, se lanzaron ferozmente hacia afuera mientras Carrera Pinto, sable en mano, les habría camino con las bayonetas de sus hombres atrás y los disparos desde el cuartel dirigidos por Montt. Sin embargo, un par de disparos rompieron la articulación del hombro izquierdo de Carrera Pinto arrojándolo al suelo, salvándose apenas de morir destrozado por las lanzas y los machetes gracias a sus hombres, que lo arrastraron como pudieron de vuelta. Lamentablemente, su angustioso regreso sólo lo concretó con la mitad de los hombres. El resto, incluidos los tres voluntarios, terminaron espantosamente masacrados por la turba indígena, con sus cuerpos destrozados y las partes de sus cuerpos repartidas como trofeos de guerra.

Luego de esta carnicería, un breve lapso de silencio se apoderó de La Concepción y las montoneras se retiraron momentáneamente, como si cedieran paso a la noche. La pequeña bandera chilena, después de todo, seguía flameando en lo alto del asta del cuartel.

En horas del anochecer, la cantinera embarazada dio luz a su hijo, haciendo más angustiosa la situación de los soldados. Carrera Pinto sabía de la brutalidad de las montoneras y acababa de comprobarla. Haber intentado entregar a las mujeres y los niños para salvar sus vidas, hubiese sido un verdadero sacrificio de sangre.

Cuando ya no había luz natural, los peruanos volvieron a arrojarse contra el cuartel. Aunque las municiones estaban al borde de acabarse, los chilenos resistieron como pudieron el embate. Indignados con la capacidad de respuesta, Salazar ordenó prender fuego desde la iglesia contigua al cuartel, al tiempo que arrojaban fardos de paja contra el techo de la construcción donde se refugiaban, con la intención de que el fuego la tomara. El infierno avanzó con rapidez maldita.

Carrera Pinto, con el brazo vendado, comprendió que la batalla estaba llegando a su fin. No se conocen con precisión los momentos finales de estos chilenos dentro del cuartel, por no haber sobrevivido testigos, pero en algún instante decidieron salir, al parecer intentando refugiarse en la casa vecina, para lo cual debían arrastrar como fuese a los heridos, las mujeres y los niños. De improviso, un puntapié abrió la puerta desde dentro. Los chilenos salieron disparando sus últimas cargas y cortando el aire con las bayonetas, iluminados por el fulgor del fuego. Varios cayeron fulminados, entre ellos, el Teniente Ignacio Carrera, cuya alma pasó a alojar directamente en la memoria histórica de Chile, al igual que su abuelo. Un disparo a su pecho lo ultimó rápidamente. Por increíble ironía del destino, Carrera Pinto había sido ascendido desde hacía un mes a Capitán por su destacado servicio, noticia de la que no alcanzó a enterarse.

La fuerza del choque chileno tuvo tanta ferocidad, sin embargo, que la montonera se dispersó aterrada, mientras el techo del cuartel se desplomaba ruidosamente al suelo poco después de que lo abandonaran.

Quedaban menos de 20 hombres al mando de Montt, seguido de Pérez Canto y Cruz Martínez. La madrugada del día 10 de julio los alcanzó en medio de una la última embestida peruana. Parecía increíble que hubiesen resistido por tantas horas, extendiendo el combate por tanto rato y aún presentando resistencia. Montt cayó, seguido de Pérez Canto, en las altas horas de la noche. Cuando comenzaba a salir el sol, aún quedaba un pequeño grupo de 4 soldados al mando de Cruz Martínez, alrededor de las cantineras y los niños, resistiendo heroicamente en un rincón de los muros frente a la plaza. En un último intento por salvarlos, y también conciente de lo incontrolable de la indiada enfurecida, el Coronel Gastó asomó por un balcón llamando a los chilenos a rendirse y salvar sus vidas. Pero le pequeño gigante de Cruz Martínez, respondió dando un rugido que también se ha cristalizado en el alma guerrera de Chile: "¡Los chilenos no se rinden nunca!".

Al grito de carga, los cinco valientes se lanzaron, pereciendo destrozados por la masa de montoneros. Gastó intentó salvar a las mujeres y a los niños, pero todo fue en vano. Terminaron ultrajadas y destrozadas, y los niños atravesados en picas, incluyendo el pequeño neonato. La orgía de sangre prosiguió con el destrozo de los cadáveres a golpes de machetes. Piernas, manos, cabezas, botas, quepis, bayonetas; todo fue repartido como trofeos de guerra en una de las salvajadas más brutales que se vieron durante toda la Guerra del Pacífico.

Los indios se retiraron alzando los cuerpos y las partes desmembradas. Gastó, sobrecogido, abandonó el lugar con sus soldados. Terminaba así, a las 10 de la mañana, otra de las más grandes epopeyas de la historia de Chile, en la que la bandera, nuevamente, no había sido rendida al enemigo.

Cuando aún era mañana ese 10 de julio, poco después de terminado el combate, las fuerzas del Coronel Del Canto pudieron partir de Huancayo, llegando cerca del mediodía. Tan dantesco fue el espectáculo que encontraron que, incluso ellos, hombres de armas acostumbrados a la violencia y a mirar de frente a la muerte, sucumbieron de impresión y varios rompieron su serenidad. Por toda la plaza yacían repartidos los cuerpos, algunos miembros amputados y órganos internos, en un cuadro de horror escalofriante. Hasta rastros de canibalismo y necrofilia había en el lugar, según lo testimonian las notas de la época.

Se envió rápidamente una tropa de caballería al mando del Comandante Alcérreca. Avanzando por el cerro, divisaron una montonera peruana que aún llevaba parte de los "trofeos" consigo y celebraba en San Lorenzo. Arremetió contra ellos una fiera carga de sables, cuando muchos de los mismos se encontraban celebrando aún la masacre. Tras este ataque, la montonera se dispersó y escapó despavorida ante la furia demostrada por los chilenos, deseosos de vengar la matanza.

Al día siguiente, intentaron reunir los cuerpos. Los cadáveres que encontraron fueron sepultados en una zanja, atrás de la iglesia, el día 11. Los cadáveres de las cantineras y los infantes también fueron colocados allí. Como el cirujano Justo Pastor Merino, sencillamente, no pudo reconstruir los cuerpos destrozados de los cuatro oficiales, Del Canto decidió sacar sólo los corazones para traerlos simbólicamente en alcohol de vuelta a Chile, dejando los demás restos en la fosa. Hoy, esos corazones reposan en el altar de la Catedral de Santiago.

Los chilenos recogieron la bandera no rendida de Chile. Milagrosamente, quedó olvidada en el campo de batalla. Para evitar nuevos saqueos de cuerpos, prendieron fuego a la iglesia con la intención de que se derrumbarse sobre la fosa, y se marcharon cuando ésta aún estaba en llamas.


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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  9/07/2013 01:04  Fecha
Mensaje En recuerdo a los 77 soldados caídos en la batalla de La Concepción, en Chile se conmemora el «Juramento a la Bandera» cada 9 de julio a partir de 1939. Asimismo, en esa misma fecha se celebra el «Día oficial de la Bandera nacional».

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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  29/06/2013 22:18  Fecha
Mensaje 02 de Junio 1879 : El comandante del "Huascar", Almirante Miguel Grau, le envía una carta a la viuda del capitán Arturo Prat, Carmela Carvajal, donde le expresa sus nobles sentimientos y reconoce el valor de su adversario, a la que le adjunta la espada y los objetos personales del héroe del combate naval de Iquique.
02 de Junio 1879: El Huáscar zarpa desde Iquique y se dirige al sur.
03 de Junio 1879: El Huáscar es perseguido por el Blanco y la Magallanes.
05 de Junio 1879: El batallón "Lautaro" es transformado en Regimiento.
05 de Junio 1879: Se comienzan a entregar en Europa las primeras remesas de fusiles Comblaim para el Ejército chileno.
06 de Junio 1879: En Antofagasta es creada una Compañía de Pontoneros.
09 de Junio 1879: El Huáscar llega al Callao, terminando de esta manera su primera campaña.
09 de Junio 1879: El batallón "Carampangue" es transformado en Regimiento y rebautizado como "Esmeralda".
15 de Junio 1879: Es nombrado Comandante General de Armas de la Línea del Loa el Teniente Coronel Ramón Vidaurre de la "Artillería de Marina".
16 de Junio 1879: En el norte las tropas chilenas suman 8.428 hombres
23 de Junio 1879: Llegó triunfante a Valparaíso la nave "Covadonga", después de haber hundido a la embarcación peruana "Independencia", como consecuencia del Combate Naval de Punta Gruesa el 21 de mayo, en el contexto de la Guerra del Pacífico.
24 de Junio 1879: La Oficialidad de la Covadonga junto a una pequeña delegación de la tripulación llegan a Santiago, donde también son homenajeados por las máximas autoridades del país y por una gran multitud.
25 de Junio 1879: Zarpa desde New Castle el vapor Glenelg, arrendado por el gobierno de Chile, transporta municiones para la escuadra, 1.400.000 balas, 16 cañones Krupp, 12 toneladas de pólvora, 1.500.000 de fulminantes para los viejos fusiles de la Guardia Nacional, 4.000 fusiles Gras, 144 fusiles Comblaim, 2 ametralladoras Gatling, 50.000 balas para ametralladora, 6.000 fusiles Chassepots y 1.500.000 balas Chassepots, estas últimas armas y municiones pueden ser devueltas.
26 de Junio 1879: Se crea el mando del Ejército del Centro o de Reservas, es puesto bajo el mando del Coronel Cornelio Saavedra, teóricamente lo componen 4.650 hombres
28 de Junio 1879: Chile acepta la convención de Ginebra de 1864.
30 de Junio 1879: Son movilizados los batallones "Atacama", "Coquimbo" Nº1 y Chillán.

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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  22/06/2013 03:29  Fecha
Mensaje EL ALTO COMERCIO FUE SERVIL ANTE LOS CHILENOS

La presencia chilena no perjudicó a los grandes comerciantes de Lima, nacionales y extranjeros. Ellos se mostraron consecuentes con el lema: “Negocios son negocios”; y hasta se dieron el lujo de otorgar un considerable préstamo al gobierno de La Magdalena, acrecentándose así la deuda interna del Perú. Serviles ante los invasores, conmemoraron el día nacional de Chile, siendo de notar que una actitud muy distinta mostraron los pequeños comerciantes, a quienes se amenazó con represalias.

El Diario Oficial chileno, del miércoles 20 de setiembre de 1882, informó al respecto: “El alto comercio de esta capital suspendió (casi totalmente) sus transacciones durante los días de las fiestas cívicas del 18, por lo que merecen nuestro agradecimiento; pero notamos con disgusto que algunos tenderos y almaceneros haciendo alarde de una
falta de atención que casi raya en desacato, mantuvieron sus establecimientos abiertos, como para ostentar sin duda su poca deferencia por nuestras glorias y los días que las recuerdan. Es preciso no echar en saco roto tal demostración de descortesía y falta de
educación. Hemos tolerado que de hecho se clausurara el comercio el 28 de julio y no olvidaremos la manera cómo algunos corresponden a nuestra hidalguía. Les pagaremos con usura”.

ACTITUDES CONTRAPUESTAS

Cáceres en Tarma reponía sus fuerzas tras la contraofensiva de 1882 que expulsó a los chilenos de la Sierra Central, mientras Iglesias en Cajamarca preparaba su tristemente célebre Manifiesto de Montán a favor de Chile. Y en la capital ocupada la guerra ni se advertía, al extremo que de madrugada un rincón de la pomposamente llamada Ciudad de los Reyes se convertía en el punto de reunión preferido para
gente de los tres sexos, tal y como señaló el Diario Oficial del viernes 28 de julio de 1882: “La esquina de La Merced es el punto de reunión de todas las personas de gusto. Desde las dos de la mañana comienzan a llegar los carruajes, de a pie y de a caballo, y docenas de pares de curiosos de los tres sexos del mundo se agolpan delante de unos
hermosos mamparones donde hay …curiosidades elegantemente dispuestas para la venta por el simpático caballero americano Mr. Peter Bacigalupi”.

Con más de cien mil habitantes y ocupada por menos de cinco mil chilenos, Lima desoyó en todo momento el llamado de Cáceres, cuyos guerrilleros llegaron hasta los suburbios de la ciudad repartiendo propaganda para motivar una sublevación popular que ni siquiera llegó a vislumbrarse. Todo lo contrario, en la capital un grupo de capitalistas reunió una bolsa treinta mil soles plata, recompensa que se
prometió a quien entregara a Cáceres, vivo o muerto.La Sodoma y Gomorra de la colonia (véase los Trabajos de Historia de Pablo Macera) no había cambiado sus costumbres. Ni las cambiaría, a juzgar por la realidad tan parecida que vemos hoy en sus céntricas calles, donde al igual que en los días de la ocupación chilena, proliferan delincuentes, prostitutas y toda la gama lumpenesca propia de una ciudad caótica.


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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  22/06/2013 03:27  Fecha
Mensaje VENTA DE COMIDA ASQUEROSA

No sólo suciedad en los utensilios de cocina se advertía en los comercios de comida barata; lo que es peor, la carne que se servía era de perros y hasta de ratas. Ello ocurría específicamente en las fondas de los chinos. Así lo denunció el Diario Oficial, el lunes 17 de julio de 1882: “Proverbial es en Lima el poco aseo que se observa en estos establecimientos de asiáticos, y más proverbial todavía el olvido total que las autoridades les han dispensado. Quien dijo fonda de chino dijo figón asqueroso, ratas en el sancochado, carne saltada de perro, mondonguito perfumado y otras cosas semejantes, siendo infalible un olor y un sabor y hasta un color especial en los potajes, como natural
consecuencia de las pailas mal frezadas. Pues bien: ahora es preciso que la reforma entre en todo, y que el inspector de higiene dicte todas las medidas conducentes a vigilar esas fondas, donde acuden a centenas las clases desheredadas en busca de papa-tache que allí
se vende barato; pero que, si no es tan bueno como en cualquier restaurant, eso sí, debe ser limpio y no tener mal sabor, porque cualquier persona, por pobre y fea que sea, es tan hija de su madre como la que gasta soles y no se queda a la luna”.

LAS DIVERSIONES DE LOS RICOS

Si la gente pobre se atrevía a molestar a los chilenos, éstos la reprimían con dureza; incluso, se dieron fusilamientos. Pero si la oposición provenía de gente pudiente, el trato era muy distinto. Para el caso, léase lo consignado en el Diario Oficial el viernes 28 de julio de 1882: “Eso se llama abusar. Pequeños grupos de caballeros peruanos insultaban anoche en la calle de Mercaderes y de Plateros de San Agustín a los
paisanos chilenos que por allí pasaban, sin que para ello hubiera el más pequeño de los motivos. No comprendemos esta actitud en gente que se dice pertenecer a la buena clase.

En toda tierra, y cualquiera que sean las circunstancias, los caballeros se guardan consideraciones entre sí. Lo cortés no ha andado jamás reñido con lo valiente. Lo único que podemos decir sobre estas cosas, que ya van pasando de castaño a oscuro, es que nuestra cortesía y nuestra calma han sido hasta ahora perfectamente sinceras y que la paciencia no es una virtud muy duradera en las personas que en vez de agua tienen sangre en las venas”.

La autoridad chilena procuró reabrir el coso de Acho para las tradicionales, y salvajes, corridas de toros, a las que los sectores pudientes concurrían para exponer en público su sadismo. Y cuando no hubo toros, se programaron allí peleas entre perros y gatos, otra muestra de salvajismo de quienes se jactaban de ser cultos. Como si no hubiese guerra, los exclusivos clubes reabrieron sus puertas y prosiguieron los campeonatos de cricket, confraternizando la alta sociedad capitalina con los visitantes extranjeros de turno.

En los días en que Cáceres denunciaba en Tarma la traición de Iglesias, en un fundo limeño los ricos se divertían, según informaba el Diario Oficial el jueves 2 de noviembre de 1882: “Una numerosa concurrencia de familias inglesas y de caballeros pertenecientes a los clubs de ckriquet de Lima y el Callao, asistió ayer en Villegas al desafío mediado entre los miembros de dichos dos clubs y los oficiales de la “Mutine”. La
partida fue ganada por estos últimos con un doble de puntos, y el triunfo fue amenizado con un abundantísimo lunch y con las armonías de la banda de la “Swifsure”. Estuvieron presentes a esta fiesta de gentleman, ladies y young ladies, el almirante jefe de la estación
naval inglesa en el Pacífico y varios comandantes de otros buques de la misma nacionalidad”. Y al día siguiente, añadía: “Por un error dijimos ayer, en nuestro suelto titulado “ckriquet”, que los de la “Mutine” habían ganado la apuesta de Villegas. Mejor informados hoy, tenemos el gusto de rectificar nuestro involuntario error, afirmando que los marinos ingleses fueron derrotados por sus contrincantes de los clubes asociados de Lima y el Callao. Agregamos que los derrotados han tenido siempre la fama de invencibles en el ckiquet. Queda, pues, la verdad en su lugar”.

Poco después empezó la estación veraniega y el tránsito de Lima a Ancón, balneario de los ricos, fue garantizado por la autoridad chilena.

De ello dio testimonio el Diario Oficial del miércoles 13 de diciembre de 1882: “Consultada la comodidad de
las familias que están acudiendo en gran número a gozar de los baños y excelente clima de este puerto, la empresa del ferrocarril ha establecido la salida diaria de un tren. Parece que Ancón estará este año muy alegre y concurrido, pues un crecido número de personas
diariamente se traslada a ese lugar. La guarnición del batallón “Aconcagua” garantiza su tranquilidad en esos hogares y su magnífica banda de música, contribuirá a hacer muy agradable la permanencia de las familias durante la presente estación de verano”.

Eran los días en que Luis Pardo y el párroco Matías Velásquez, organizaban guerrillas en el norte de Lima para combatir a los chilenos.

Días también en que luchaban heroicamente las guerrillas patriotas de Cañete e Ica. Días en que el teniente coronel Nicolás Ortiz Guzmán, alistaba a los Húsares de Junín para resistir en Sama, donde ofrendaría la vida.


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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  22/06/2013 03:26  Fecha
Mensaje PROLIFERACIÓN DE MENDIGOS

La presencia chilena agravó la situación de los menesterosos, lo que fue advertido por el Diario Oficial el martes 17 de octubre de 1882: “Mendigos.- Aumenta, según parece, el número de éstos en las calles de Lima, de tal manera que no da uno paso sin tropezar con alguno. La policía o la beneficencia, o ambas de acuerdo, debieran ingeniar
una medida que reprima esa notable injuria a la civilización, haciendo que aquella gente que hoy mendiga se recoja en un asilo, hospital o establecimiento que ponga al transeúnte a cubierto de las acometidas de los pordioseros y quite a la ciudad el repugnante aspecto que esos desgraciados le dan”.

Hubo por doquier mendicidad infantil, siendo de notar la presencia de niños que acompañados de tambores y flautas cantaban de calle en calle, y principalmente cerca de donde habían jaranas, para ganarse con limosnas el sustento de cada día.

Sobre ello, en el Diario Oficial del 20 de noviembre de 1882 se consignó lo siguiente: “Tenemos noticia de varios grupos de muchachos de diez a doce años, que andan ofreciéndose por las calles, principalmente de noche, para cantar al son de un pequeño tambor y una flauta en los lujares donde saben que hay reunión o jaranas. Dicen que los chiquitines se portan a las mil maravillas, y que al fin de la jornada lo que exigen, como remuneración por su trabajo, es cosa que no vale la pena.

Por más que se crea que esos niños hacen bien en buscarse la vida de ese modo, nosotros pensamos que mejor estarían en un taller aprendiendo algún oficio, y no familiarizándose, desde tan temprana
edad, con la jarana y el abandono que son causa de tantos males”.

CHINOS, CHILENOS Y PUTAS

Otro caso digno de mención fue el de los mendigos chinos, que a decir de un documento chileno formaban las cuatro quintas partes del total de mendigos existentes en Lima. Se trataba de los mutilados a consecuencia de la bárbara explotación sufrida en las haciendas de la costa.

Chinos proliferaron también en fondas, casas de juego, fumaderos de opio, etc., distantes de otros hijos del Celeste Imperio que figuraron entre los acaudalados comerciantes extranjeros radicados en la capital. El jefe chileno Patricio Lynch tuvo el acierto de congraciarse ron todos ellos, prometiéndoles incluso indemnizarlos por los daños sufridos cuando la toma de Lima. No extraña entonces que fuese proclamado padre y protector de la raza amarilla.

Los chinos estuvieron también involucrados con el proxenetismo, según informó el Diario Oficial el jueves 8 de junio de 1882: “Los agentes de la policía secreta sorprendieron ayer una casa de prostitución en la calle de Siete Jeringas (no era mala jeringa la Casa de las Siete Jeringas).

Los asiáticos Achin, Achón, Víctor y dos mujeres de apellido Gacitúa y Balandran, que se encontraron allí, fueron conducidos al cuartel de la intendencia; pasando el asiático Achin al hospital, por haber resultado herido de la cabeza en la tentativa de fuga que hizo escalando las paredes”.


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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  22/06/2013 03:18  Fecha
Mensaje PROSTITUCION, DELINCUENCIA Y MENDICIDAD EN LIMA 1882

Sumilla: Se describe aspectos de la vida cotidiana en Lima bajo la
ocupación chilena, en especial lo relativo al quehacer de sectores lumpenescos. La documentación proviene del Diario Oficial, que en Lima
publicaron los chilenos entre 1882 y 1883, cuya colección se guarda
en la Biblioteca Nacional del Perú.

Un aspecto novedoso en la investigación sobre la guerra del guano y del salitre, se relaciona con lo que ocurrió en la Lima ocupada entre 1881 y 1884. Se cobijaron en ella proditores y felones, disfrutando de la protección chilena. Para ellos la vida volvió a la normalidad: dieron fiestas para confraternizar con los invasores; reanudaron las escandalosas orgías en sus reconstruidos palacetes; continuaron con sus campeonatos de cricket, con sus veladas artísticas de elite y desfiles de modas. Disfrutaron, asimismo, de corridas de toros y de peleas entre mastines y gatos en la plaza de Acho. A tanto llegó la frivolidad que Patricio Lynch, jefe del ejército de ocupación, pudo
jactarse de tener una corte de cumplidos vasallos peruanos en palacio, no exagerando un ápice al señalar que fue el mejor virrey que tuvo Lima. Cabe recordar además que no pocas familias de la clase dominante peruana optaron por marchar a Europa, donde dieron principescas fiestas dilapidando las ganancias obtenidas
con los peculados que perpetraron estando al frente del gobierno.

DELINCUENCIA COMÚN

Si la minoritaria plutocracia limeña era blanca, buena parte de sus capas populares era mayoritariamente negra. La apatía de éstas, más que secular, se hizo patente con la ocupación, que pareció no incomodarle en lo más mínimo. Así, prosiguieron en los callejones las jaranas de día y de noche. El sector lumpenesco continuó con sus fechorías, llevando su audacia hasta el repetido enfrentamiento con patrullas chilenas, como ocurrió en Malambo. El Diario Oficial chileno del 14 de junio de 1882 informaba al respecto: “Un cabo herido.- El cabo segundo del batallón Victoria, José Manuel Benavides, se encontraba anteayer en una de las calles del barrio de Malambo. Como a las 2 de la tarde sintió grandes gritos y algazara en una casa y como guardián del orden público fue a poner las cosas en calma, empleando para ello palabras justas y corteses. Una partida de peruanos salió a recibirle y sin decirle una palabra uno le disparó un tiro de revólver que le hizo caer en tierra. Los individuos se escaparon y cuando llegó fuerza nuestra en auxilio de
Benavides, ya aquellos habían desaparecido. Se llevó la policía a algunas mujeres complicadas en el crimen”.

Y el 13 de setiembre del mismo año se produjo otro asalto, según dio cuenta el mismo periódico: “Malhechores.- Anoche, entre nueve y diez, se mandó aprehender por los jefes del batallón Victoria a dos individuos que andaban perturbando con sus escándalos el orden en la calle de Malambo. Cuando se les conducía al cuartel del citado cuerpo, salió de las casas del barrio una partida de más de veinte forajidos que provistos de armas blancas y de fuego atacaron a los soldados que escoltaban a los presos y los obligaron a retirarse al cuartel abandonando a aquéllos, por no tener rifles con qué oponerse a los titos de los malhechores. Inmediatamente después se mandó al lugar del hecho una fuerza competente que persiguió a éstos en su huída, logrando capturar a algunos que hoy gozan de sombra en los calabozos de la policía, y a quienes se aplicará, por la respectiva autoridad, la pena a que se han hecho acreedores. Con inflexibilidad se logrará
escarmentar a los criminales y cortar sus planes para lo sucesivo”.

EN TRAGOS SE VIVABA A PIÉROLA

La vagancia y el alcoholismo era ya plagas sociales, y según el diario oficial (del sábado 15 de julio de 1882) la policía se esmeraba en erradicarlas: “El comandante de policía ha desplegado toda su actividad para desterrar de esta ciudad estas dos plagas sociales que son la raíz de todos los vicios. Nosotros hemos tomado siempre una parte
activa en hacer presente a las autoridades la existencia de esas casas; y por eso nos congratula el saber que la autoridad de policía sea tan diligente en el cumplimiento de sus sagrados deberes. Su solicitud para extirpar la vagancia y la embriaguez será el complemento del sistema correccional que se ha propuesto seguir, y que es la aspiración constante de toda gente de orden, moral y trabajadora”.

Conviene decir que los chilenos consintieron la formación de una policía urbana, que integraron principalmente extranjeros residentes en la capital, los que actuaron como auxiliares de las patrullas chilenas. Nada arredró empero a los viciosos porque las fiestas plenas de excesos prosiguieron sin remedio. Y hasta hubo borrachines que se dieron el gusto de vivar a Taita Guaranguito, motivando alguna alarma en los chilenos, según notició el Diario Oficial en su edición del 27 de julio
de 1882: “Anoche, a las nueve, una mujer del pueblo se presentó a nosotros y con voz entrecortada nos anunció que en el cercado una gran cantidad de pueblo vivaba a Piérola y se batía con una de nuestras patrullas. Llevados por la curiosidad y por el deseo de ver algo nuevo, nos dirigimos en el acto al sitio de la alarma, y en vez de tiros y de pueblo y de otras cosas vimos a una colección de hombres y mujeres que con las cabezas descompuestas, lanzaban vivas frenéticos a Baco, sin acordarse del señor Piérola”.

PROSTITUTAS EN EL CENTRO DE LIMA

Asimismo, proliferaron los antros de prostitución, en las principales calles del centro de Lima, prostitución que la autoridad chilena persiguió fingidamente puesto que la consintió con el ejemplo: según el corresponsal del New York Herald, el general Baquedano convirtió el propio palacio de gobierno en un inmenso burdel.

El Diario Oficial, publicado por los chilenos, informaba el viernes 14 de julio de 1882: “Las casas de prostitución se multiplican como por encanto en Lima e invaden ya, en estos días, hasta los barrios más centrales de la culta población. Podríamos citar más de uno de esos burdeles, centros de desmoralización infernal donde se comete todo género de desórdenes, a toda hora del día y de la noche, escandalizando con su modo de ser a las familias honradas y respetables que habitan en ciertas calles que no distan muchas cuadras de la plaza principal; pero nos abstenemos de hacerlo, porque todo lo esperamos de la saludable acción de la policía que, redoblando su celo, se encargará de extirpar esa raza degradada, reprimiendo con brazo de hierro los escándalos que comete”.

Sólo al día siguiente daba cuenta de una ocurrencia en la que una tapada fue la protagonista:
“¡Qué ganga!
Andando por estos mundos de Dios un quidam de los más despreocupados que es posible suponer, encontró anoche una de esas tapadas que son capaces de hacer estornudar al diablo y bailar el pelado a cualquier hijo de madre, la que con voz dulce como almendrado de porotos le dijo :
- ¿Quiere venir a mi casa?
Excusado es decir que el mancebo se resbaló como quien cae en la trampa, y se fue con la tapada.
Llegaron a una casucha de la calle Yaparió, y allí fue la de chuparse los dedos; pues luego que la tapada le pidió plata al tapado y que éste declaró que no tenía ni un chico, ella trató de expulsarlo y él trató de echar raíces.
Y allí se habría quedado hasta que llegase a viejo a no ser que la tapada, quitándose la careta pidió auxilio, llamó al guardia y logró que el pobretón fuera a bailar a otra parte”.

Hasta podría sospecharse en ese suelto literario la autoría de Ricardo Palma, quien por entonces seguía en Lima siempre fiel a Piérola. La presencia de los chilenos no fue óbice para que figurase como redactor del diario oficial. Uno de sus correligionarios, el señor feudal Luis Milón Duarte, principal cómplice del supremo traidor Miguel Iglesias, daría noticia de ello en carta que firmó el 12 de agosto de 1883, uno de cuyos párrafos mencionaba “el aumento de diarios en Lima, como El Peruano, órgano oficial, cuyo redactor en jefe es el distinguido señor Ricardo Palma, de reputación universal” (véase la Recopilación… de Pascual Ahumada Moreno, Valparaíso, 1890, t. VIII, p. 301).ZONA ROJA CERCA DE LAS NAZARENAS

Respecto a la prostitución que se ejercía cerca al templo de las Nazarenas y barrios adyacentes, el Diario Oficial del 16 de agosto de 1882 informaba: “Es muy laudable la actividad que la autoridad de policía ha desplegado para reprimir los abusos y los escándalos que venían cometiendo las mujeres privadas que habitan en los barrios de las
Nazarenas, Chillón, Aurora y El Huevo. Sabemos que el señor comandante Lazo las ha notificado para que, dentro de un breve plazo, retiren su domicilio de esas calles tan centrales y que allá, donde vayan a vivir, lo hagan con el mayor orden posible”.

Las hetairas poco caso harían de tal conminación, por lo cual serían reprimidas de continuo. Al respecto, el lunes 4 de setiembre de 1882 el Diario Oficial daba la siguiente noticia: “Los vecinos honrados de los barrios de las Nazarenas y Chillón nos encargan de manifestar su reconocimiento al señor Comandante de Policía, por la inquebrantable energía que ha desplegado para desterrar de estas calles a ciertas mujeres de mala vida, que eran la causa de infinitos escándalos y desórdenes que diariamente se cometían, y muy especialmente en las noches, que para ese vecindario han sido todo este tiempo de verdadero tormento. Muy bueno y saludable sería que otro tanto pudiera decirse del comisario del cuartel donde la gente de orden se encuentra hoy en tortura por la mala vecindad de las muchas mujeres perdidas que han ido como una plaga a habitar aquellos barrios”.

COQUETAS, PIROPEADORES Y CACOS

No hubo aquel año la tradicional procesión del Cristo Morado, pero sí visitas a su templo, no sólo de devotos, sino tambien de los piropeadores de oficio y de los amigos de lo ajeno. Octubre limeño de siempre, aquel descrito por el Diario Oficial el viernes 20 de octubre de 1882: “La romería que en estos dos últimos días se acostumbraba hacer sacando en procesión por las calles de Lima la efigie del Señor de los
Milagros, no se ha realizado este año, contentándose los devotos y devotas con visitar el templo de las Nazarenas, que es el santuario donde tal señor se venera. Con este motivo ese templo ha estado, principalmente ayer, soberbiamente concurrido por las lindas beatitas de la túnica morada y otras elegantes limeñas que con ricos zahumadores rodeaban el altar de la imagen de Jesucristo. Tampoco faltaron algunos enamorados y piropeadores de oficio, así como algunos escamoteadores de lo ajeno, perdidos entre la concurrencia.

Mañana comienzan las misiones en ese templo y terminarán el día 28 con la fiesta solemne y la comunión general de todos los años”.


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Admin: Borrar Mensaje  julio ponce garcia    numida2008@hotmail.com  20/06/2013 23:45  Fecha
Mensaje entre los años de 1881 a 1883 duro la ocupacion chilena en lima peru., yo quisiera saber ¿ como era la vida de los limeños durante la ocupacion chilena? ¿en que manera influyo la ocupacion chilena en los negocios de los limeños es decir restaurantes, carpinteros, sastres,etc?si los chilenos tenian una lista de todos los negocios que habia en lima o tenian una lista de censo para controlar la poblacion o los negocios que habia en lima.

durante la ocupacion chilena en lima peru, mi antepasado el boliviano benjamin sardon tenia un restaurante y dos casas tiendas., mi otro antepasado manuel castellanos era carpintero, ambos antepasados mios., vivieron en lima durante la ocupacion chilena en lima peru.


si exsiste algunos datos al respecto por favor comuniquese conmigo., a mi email: [email protected], muchas gracias.

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Admin: Borrar Mensaje  julio ponce garcia    numida2008@hotmail.com  20/06/2013 23:44  Fecha
Mensaje mi tio tatarabuelo francisco castellanos olivera peleo en la batalla de tarapaca fue soldado de la segunda compañia del batallon lima numero ocho fue soldado de infanteria, su expediente se encuentra en el archivo historico militar en el segundo piso al frente del museo de arte de lima.

francisco castellanos fallecio el 08 de octubre de 1944 fue enterrado en el cementerio presbitero maestro pero ignoro en que pabellon y nicho le abran puesto., fallecio a los 82 años de edad.


quisiera comunicarme con los desendientes de mi tio tatarabuelo francisco castellanos olivera., por favor me pueden escribir a mi email: [email protected]



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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  13/06/2013 01:07  Fecha
Mensaje Ocupación de Lima: relato del ciudadano colombiano Vicente Holguín

Muy cerca lo he visto, puesto que de Lima a los campos de los últimos combates en La Rinconada (9 de enero), en San Juan y Chorrillos (13 del mismo) y en Miraflores y en otros puntos de la extrema derecha (15 del mismo), la distancia es tal que jefes, oficiales y soldados, cubiertos no de laureles sino de polvo, llegaban a esta ciudad cuando aún se oía los cañones del combate. Como complemento se hizo uso de la moderna y terrible invención de las minas y bombas automáticas, de las que se hallaban sembrados los .contornos de los principales fuertes como San Juan y El Solar.

Estas bombas, ocultas en la tierra, estallaban al sufrir presión y producían el formidable efecto de una mina. El inmediato y costoso descubrimiento que hicieron los chilenos de este medio de defensa no les arredró en las cargas, y a la bayoneta tomaron las alturas. Pero esas funestas bombas estaban destinadas a hacer inmensa la desgracia de los infelices heridos que quedaron en el campo, pues a causa del terror inspirado por las explosiones súbitas que destrozaron hombres y mujeres en busca de sus deudos, nadie se atrevió a recorrer esos parajes en donde los heridos agonizaban al lado de los cadáveres horrorosamente fétidos, que ni perros ni gallinazos fueron a devorar.

Episodio de horror indescriptible han tenido lugar con esos pobres heridos, abandonados con la más fría crueldad a dos leguas de una ciudad populosa, entre cuyos habitantes hubo millares excusados del servicio militar con la insignia de las ambulancias.

Los acontecimientos siguieron un curso rapidísimo. La noche aumentó con sus sombras la ansiedad del día. Las calles de Lima estaban silenciosas; el gas iluminaba una ciudad que parecía abandonada. Algún transeúnte apresurado, algún disperso rezagado o herido levemente, alguna camilla de ambulancia, era lo que de vez en cuando mostraban las calles o plazas silenciosas. Al mirar desde los techos hacia el campamento, el resplandor del incendio de Chorrillos contristaba el espíritu y esas llamas devoradoras de las suntuosas habitaciones de la aristocracia limeña –medida de guerra atroz, pero no inusitada- hubieran mantenido siempre en la memoria de todos un recuerdo execrado del vencedor, si las llamas que se levantaron después en Lima para consumar un crimen sin ejemplo, no hubieran hecho desear en la capital la presencia del mismo vencedor.

El 14 por la mañana la mayor parte de los extranjeros organizados en ambulancias se dirigían al palacio de la Exposición, en donde desde la víspera prestaban importantes servicios a los heridos que llegaban en el ferrocarril. Un movimiento general y un sordo rumor agitaban la multitud ahí reunida cuando el pito anunciaba desde lejos la llegada del tren de Miraflores, y las colonias tomaban sus camillas para recibir a los heridos o salían a buscarlos a los barrios apartados de la ciudad.

El 15 por la mañana, los ánimos presentían algo. Poco después del mediodía oyéronse cañonazos en el campamento. La ansiedad comenzó de nuevo, las carreras se multiplicaron, el temor general se pintaba en los semblantes. Miraflores, centro del combate, dista de Lima apenas dos leguas, razón más para que desde las tres de la tarde fueran numerosos los individuos del Ejército que entraban en la capital. Todos decían estar triunfantes.

El sol del 15 de enero se había hundido en el ocaso y con él la esperanza de cuantos dieron y recibieron abrazos por la prisión de Baquedano. Vino la noche y vinieron con ella los gruesos pelotones dispersos y los catorce batallones de la reserva, cuyos comandantes recibieron la orden de su jefe de Estado Mayor, coronel don Julio Tenand, de concentrarlos en la ciudad y disolverlos, sin haber disparado un solo tiro sobre el enemigo. El coronel Piérola no entró con ellos: era mucho lo que se había ofrecido a la capital y a las tropas y el triste resultado final estaba muy lejos de corresponder a tan pomposas promesas.

De las relaciones sobre los acontecimientos de esa tarde resulta que el inesperado combate se trabó porque los peruanos situados en los reductos de Miraflores violaron el armisticio. El combate apenas duró una hora.

En la mañana del domingo 16 se conocía perfectamente el desastre y se medía su magnitud. El recio y sangriento ataque de Miraflores, embestido por los chilenos furiosos por la inefidencia cometida, fue apenas medianamente sostenido por tres o cuatro batallones de la reserva y algunos restos del cuerpo de línea.

Si los ejércitos peruanos habían desaparecido como el humo de los combates, no así los peligros para la capital que abrigaba en su seno esos ejércitos desbandados, indisciplinados y con armas, y un populacho heterogéneo e híbrido de la peor especie. Para contrarrestar a semejantes elementos existía sólo un alcalde municipal nombrado a última hora; como si dijiéramos, a la grupa del dictador cuando éste trepaba hacia la sierra.

Hubiérase creído, en vista del considerable y variado número de banderas que ondeaban los techos, miradores, balcones, puertas y ventanas, que Lima engalanada se preparaba como en los días de sus frecuentes festivales a entregarse gozosa y aturdida a los placeres que la han enervado. Todas las banderas del mundo comercial flotaban en la capital peruana, menos las de Chile, Bolivia y el Perú... En los hospitales de sangre ondeaba la bandera de la Cruz Roja, y en los de caridad, casas de asilo, orfelinatos y demás establecimientos de beneficencia desplegábanse al viento grandes banderas blancas con una imagen de la Inmaculada Concepción.

El saqueo de tiendas, zapaterías y depósitos empezó muy temprano en algunas calles. En la muy extensa de Malambo, donde abundan negros y mulatos, hubo violencia desde las tres de la tarde; en el centro de la ciudad, desde las 5. Los depósitos de víveres robados fueron muy pocos: de chinos muy pobres, de algunos italianos. Los ricos almacenes de mercaderías asiáticas de las calles de Espaderos, Melchor Malo y Bodegones; algunos establecimientos europeos de ropa hecha y todas las tiendas y casas ricas de préstamos asiáticas de Zavala, Albaquitas Paz-Soldán, Capón, Hoyos, Mercedarias y otras, fueron atacadas en la noche, antes de que las colonias extranjeras pudieran organizarse y prestar importantes servicios que salvaron la capital.

Los ladrones invadían las calles por todas partes y en grupos que vitoreaban al Perú y a Piérola, sin acordarse para nada de los chilenos, se dirigían a las calles escogidas que eran designadas a gritos por la turba. A las 8 de la noche un tiroteo nutridísimo se oía en toda la ciudad. Al principio fueron disparos hechos contra las cerraduras para forzar las puertas, o lanzados en todas direcciones como medio de intimidación. Pero desde las 10 se trabó combate que, en distintas partes, defendían las puertas de sus casas y tiendas desde los techos.

Pero aún no había llegado el momento solemne del incendio con que los malvados apoyaron la perpetración de sus crímenes. Ese pueblo de Lima, tan encomiado por su prensa, “cuyos pechos y cadáveres –decía- formarían una valla infranqueable para el invasor”; esos soldados que habían huido ante el enemigo, entraron a la capital a incendiar, a robar y a asesinar en sus hogares a los más laboriosos e indefensos de sus confiados huéspedes.

Muy laudables fueron los esfuerzos y la abnegación con la que la mayor parte de los extranjeros salvaron Lima. Las bombas francesa, inglesas e italianas, servidas por sus respectivas colonias y apoyadas por las demás, luchaban contra el incendio bajo el fuego de los que huyeron ante los chilenos.

Nada más horroroso que el siniestro cuadro que Lima ofrecía esa noche, y nada más propio para explicar y comprender los problemas de ese pueblo, que de tiempo atrás ha estado ocultando úlceras profundas con las lujosas galas en que ha derrochado sus ingentes riquezas.

Ahí estaba Lima incendiada por sus propios hijos; ahí estaba esa ciudad que hasta la víspera lanzaba a los cuatro vientos el denuesto contra sus enemigos, clamando porque entraran y la salvaran de una destrucción más vilipendiosa que el vencimiento y el perdón.

En la tarde del lunes 17 entraron a Lima los primeros batallones chilenos, que la salvaron ocupándola, y cuya actitud digna, circunspecta y grave, obra de la disciplina y de la contingencia de su fuerza, ha debido ser uno de los más severos castigos inflingidos al Perú por el Supremo Juez de las Naciones.

El ejército de Chile hizo su entrada con una moderación que ponía de manifiesto la disciplina de los soldados y la sensatez de sus jefes, así como sus triunfos habían atestiguado su bien dirigida bravura. Los peruanos, mal de su grado, debieron sentir la superioridad de un enemigo que después de vencerlos les devolvía la seguridad de sus hogares, sin insultarlos siquiera con la risa burlona o la mirada compasiva de los fatuos.

¡Cuán diverso habría sido este cuadro final, si los sucesos de la guerra hubieran abierto las puertas de Santiago a caudillos y periodistas que proclamaban guerra sin tregua ni cuartel, y a batallones como los que, desbandados, incendiaron a Lima.

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Admin: Borrar Mensaje  MAURICIO    mauroverde1964@hotmail.com  6/06/2013 22:15  Fecha
Mensaje OTRO RELATO DEL ASALTO Y TOMA DEL MORRO DE ARICA :

Relato del Teniente del 4º de Línea Carlos Aldunate Bascuñan

«Pertenecía a la 1ª del 1º; mi capitán La Barrera era todo un valiente; Ricardo Gormaz, veterano del 4º, ejercía de teniente; como subteniente de mi compañía, y en orden de antigüedad, servíamos el Maucho Meza, yo y Julio Paciente de La Sotta. Esa mañana teníamos 93 hombres, de capitán a tambor; la jornada había sido muy dura, muy cruda; nosotros perdimos ahí diez o doce hombres muertos, y los heridos de la 1ª alcanzaron a 22. De la Sotta y Meza quedaron como arneros. Sólo mi capitán, Ricardo Gormaz, y yo, estábamos ilesos.

Nuestras clases habían peleado bien; el 1º Jara y los sargentos Domingo Sepúlveda, Juan Francisco García, todos se habían conducido admirablemente.

Mi comandante San Martín cayó cerca del Morro, al salir del último bajo; la tropa lo supo, y los polvorazos, minas o la muerte de mi comandante, se decía que había perecido, enfurecieron a todo el mundo.

En estas circunstancias, después de 45 ó 50 minutos de pelea, llegamos al centro de la Plaza del Morro; me acompañaban cuatro o cinco soldados y un sargento; a mi retaguardia corría todo el regimiento.

No en el mismo centro, un poco cerca de las piezas que daban al mar estaba Bolognesi, don Juan Guillermo Moore, vestido de paisano; Espinosa, chiquito, y otros jefes peruanos más.

La tropa, obediente a mi voz, se detuvo y rodeó a los comandantes enemigos.

Bolognesi se dirigió a mí y me dijo:

-Estoy rendido; no me mate, que estoy herido; ¡soy un pobre viejo cargado de hijos!

En el acto contesté:

-Los oficiales chilenos no matan a los heridos ni a los prisioneros.

Bolognesi, en señal de rendición, gritó a los suyos:

-¡Alto el fuego! ¡Alto el fuego!

Sobre la marcha, recibí de manos del coronel don Francisco Bolognesi, su espada, y del capitán Espinosa, la suya.

Esas armas las poseen hoy, don Juan Miguel Dávila Baeza, la de Bolognesi y la familia de mi capitán don José Losedano Fuenzalida, la de Espinosa.

Don Juan Guillermo Moore, Bolognesi y Espinosa, fueron inmediatamente puestos bajo custodia, para librarlos de la furia de los soldados que no querían dar cuartel.

Yo continué mi camino, acompañado por mi sargento Briones y tropa de mi compañía, y en demanda de otra situación.

Por desgracia, habiendo cesado el fuego y dándose por todos la orden de no continuarlo, y estando rendido aquel poderoso reducto, un infeliz soldado, dicen algunos, ¡jamás se sabrá quien fue, creo yo, hizo reventar uno de los grandes cañones de la batería del mar!

Esa felonía volvió loco a todo el mundo, y a nadie se perdonó entonces la vida.

Más tarde pude ver juntos los cadáveres de Bolognesi, Moore y otros que no recuerdo. Bolognesi tenía roto, destapado el cráneo de un culatazo.

La tropa, furiosa, los mató estando rendidos».

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