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LA BOLSA
Sabe, mi familia y yo vivíamos a una media legua de la estación Superintendente Ledesma, en Tacanas. El tata y el tata de mi tata fueron aparceros de buena ley y siempre le escaparon al caudillaje de los patrones, cuando le querían imponer por quien votar. El tata de mi tata fue asesinado por defender sus principios durante la época del fraude, en manos de delincuentes que eran dejados en libertad durante los periodos electorales. Mi tata tuvo que entregar la chacra a los usureros por no poder pagar ese crédito que tenía como propósito producir más y así dar a sus gurises la posibilidad de una vida mejor. Nos mudamos a una tapera. Mi tata tuvo que pedirle trabajo al patrón de Tacanas, un miserable explotador de paisanos que eran tratados como esclavos. A partir de ese momento comenzamos a conocer la hambruna, el maltrato y el olvido. A los dos años murió mi tata, dado que no tenía suficiente salud ni medicamentos para resolver su infección. Mi mama no pudo aguantar su tristeza y también Diosito se la llevó. Mis hermanos se fueron a intentar suerte a San Miguel y yo me quedé en la tapera, lugar en donde ya había formado mi familia junto a mi esposa Rosario. Tuvimos tres gurises. Cuando me echaron del trabajo que me dio el intendente, empezamos con la china a desesperarnos. Nuestros gurises se enfermaron y se volvieron muy flacuchos. Únicamente comíamos bien una vez cada dos años, cuando el camión pasaba para llevarnos a votar con una boleta que nos ponían en nuestras manos. Luego nos entregaban una bolsa con comida que, aunque la estiráramos lo más posible, solamente nos duraba una semana. Cuando volvieron para las nuevas elecciones, ya habíamos perdido a mi niña mayor de seis años, por una baba sanguinolenta que salía de su boquita, que según, me dijeron los médicos, agujereó sus pulmoncitos. La tercera vez que pasó el camión, solamente subimos mi china y el único gurí que nos quedaba. Pero esta vez la comida nos duró algunos días más. En esta última elección me fueron a buscar al hospital y me llevaron en silla de ruedas en una ambulancia. Cuando salí del cuarto oscuro, alguien dijo: “A este no le hace falta la bolsa”. De allí me trajeron a esta pequeña iglesia donde el párroco acaba de suministrarme los óleos.
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