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Múltiples Lecturas En lo alto del mundo había una Catedral de vidrio transparente en la cual el sonido era un violín rasante y casi inadvertido. Los diagonales de los pasillos se entrecruzaban formando una ciudad de transparencias y había en el suelo y en los cielos escritos religiosos, y sólo los monjes sectidulináreos de la Orden Q podían penetrar a esa Meca religiosa del saber. Esos monjes se dedicaban a los preceptos teóricos – los 103 Libros Sagrados del Tiempo, las 6 Leyes del Ser y los Textos del Ingreso – la primera mitad de sus vidas, y luego de un examen de dos años cuando se consideraban capacitados los altos jerarcas decidían si podían ingresar a la Catedral. Dentro de ella los esperaría un recorrido de años y la esperanza de ver a los dioses si sus almas se hallaban en la absoluta pureza. Los ancianos que habían vuelto de la cima luego de ver El Texto Sagrado guardaban silencio de por vida y eran los jerarcas encargados de probar a los postulantes. El monje Mhaler era prodigioso en cuanto a los usos de la memoria, y en ella había guardado gran parte de los escritos y leyes examinadas, por lo cual el examen no requirió mayor esfuerzo. Dentro de la Catedral caminaba por los pasillos transparentes leyenfo los suelos y cielos, sintiéndose feliz y esperanzado por el futuro placer de conocer la real sabiduría. Era un hombre de fe. Luego de doce años de perderse en laberintos transparentes y siguiendo historias en los cielos que lo llevaban a la perdición, encontró por azar una de las quince Escaleras a lo Sublime. Según la leyenda, doce de las quince Escaleras llevaban a un abismo en el que la gravedad era mil veces mayor que lo normal y en el cual era imposible no caer; las tres restantes eran las puertas a los Dioses. Mhaler dedicó una semana a examinar con prudencia sobre la confiabilidad de la Escalera y decidió que ante la posible opción de no encontrar otro camino más seguro en el tiempo restante de su vida – tenía ya 59 años y pocas fuerzas y alimentos – lo mejor era dedicar su esperanza a la Escalera de mármol blanco y confiar en el destino al que los dioses lo habían confinado, sabiendo que por sus méritos habría paz en el Más Allá. Llegó al fin de la Escalera y divisó un espejo gigante y nada más. Pensó que eso significaba que él era un Dios o que se había vuelto loco o que no tardaría en llegar el abismo. Luego vio que arriba y debajo de él se leía nítidamente una frase: la leyó y lo comprendió todo. Comprendió que los Jerarcas Mudos examinaban cínicos luego de leer esos Escritos y se encontró en la paradoja de arrepentirse de su vida o volver como Jerarca y justificar su malograda existencia llevando a otros a una cacería de Dioses ficticia. Se vio en el espejo, arrepentido, y decidió que su destino era sólo obra suya. Él era lo que había perdido. Y caminó hacia el final sin miedo a los abismos.
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